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22.6.14

Vórtex


Imagen: El dibujo es mío.


El niño tironeó con fuerza  de la manga de su madre para intentar atraer su atención. En mitad de la ancha avenida una especie de carroza como las del carnaval avanzaba con lenta ceremonia, al principio en silencio, luego soltando notas metálicas de vez en cuando. La madre se hallaba enfrascada en una conversación por su celular, los tirones de manga no eran suficiente estímulo para mirar lo que su hijo señalaba.

El joven había salido apurado del trabajo  para evitar el tráfico de la hora pico y una gigantesca lancha con ruedas avanzaba delante de él con la velocidad de una tortuga. Él no oía el tintineo metálico que semejaba una caja musical debido a que no dejaba de hacer sonar la bocina ni un segundo para demostrarle al mundo lo apurado que estaba.

El viejo despertó sobresaltado, desde que había alquilado el departamento en el centro de la ciudad esos despertares eran muy corrientes. Las persianas estaban bajas para mantener alejados tanto la luz del sol como los sonidos urbanos característicos, pero esta vez no había sido suficiente precaución. Una música alegre sonaba en las calles, en medio del centenar de bocinas exasperadas que luchaban por silenciarla. El viejo subió la persiana con gran esfuerzo, la curiosidad había vencido al sueño.

-¡Mami, mami! ¡Mirá! ¡Mami mirá!- el niño ya zarandeaba el brazo de su madre que tuvo que interrumpir la conversación para poder meterle un sopapo como Dios manda a ese pendejo insoportable.
-¡Pará un poco, Luciano! ¿No ves que estaba hablando por teléfono? ¿Qué carajo querés ahora?
La cabeza de Luciano estaba acostumbrada a los sopapos y la ansiedad porque la carroza multicolor se alejaba lo sumía en un silencioso frenesí que logró arrastrar a su madre hacia el origen del bullicio. Justo cuando llegaron cerca del vehículo unas compuertas se abrieron en la parte superior del mismo dejando escapar centenares de globos que poblaron el cielo.

El joven, que se había hartado de tocar bocina, ahora insultaba a los gritos con las ventanillas bajas, señalando los globos que rebotaban y se enganchaban en todas partes, culpando de todas sus desgracias a “esa manga de putos que se cree que puede improvisar un desfile de putos donde quiera y cuando quiera, cagándose en el resto de las personas normales”.
En ese momento, de entre los globos asomaron cuatro figuras de absurdo colorido y gigantesca sonrisa. Una de ellas clavó su mirada en el joven dejándolo mudo e inmóvil, amplió su sonrisa y le arrojó una flor de papel de color rojo que aterrizó en el parabrisas. El volumen de la musiquita comenzaba a elevarse.

En cuanto el viejo asomado a la ventana vio surgir a los payasos de esa especie de acorazado multicolor, una sensación extraña se apoderó de su mente. Era como si estuviese reviviendo una de sus antiguas alucinaciones, y estaba seguro de que el cansancio no tenía influencia en esa percepción, sentía como si se hubiera disparado una alarma silenciosa dentro de él, todo su ser se hallaba en estado de alerta.
Los payasos habían comenzado a arrojar cosas a su alrededor sobre los autos y las personas, si bien no alcanzaba a distinguir qué, podía notar que eran livianas y de color rojo. La inquietud en su interior no decrecía sino todo lo contrario, sentía las manos crispadas y las sienes comenzaron a  latirle a medida que aquel tintineo metálico se aceleraba. Sus manos buscaron algo en la penumbra, lo hallaron y se aferraron a eso con fuerza como si fuese un talismán intentando controlar su respiración nuevamente.

El fastidio de la madre de Luciano era más que evidente, la alegría del niño sumido en el ambiente festivo que emanaba de aquel armatoste la ponía de pésimo humor. Quería llegar a casa, enchufarle el nene a su madre y empezar los preparativos para la fiesta del sábado en la que planeaba drogarse hasta olvidar su propio nombre.
Una flor de papel aterrizó sobre su pecho, el golpe no llegó a dolerle pero fue lo bastante brusco como para molestarla aún más. Alzó la vista mientras le daba la flor al mocoso emocionado que saltaba a su lado y se sobresaltó al descubrir la mirada que se clavaba en ella, detrás del exceso de maquillaje que comenzaba a borronearse por el sudor, un par de ojos fríos y calculadores la miraban fijamente.
Oyó a Luciano chillar y se disponía a calmarle la histeria con un nuevo sopapo cuando descubrió el temor en los ojos del niño y sintió su propio temor reflejado.

El joven apretó el volante hasta que sus dedos se volvieron pálidos. La sonrisa sádica y colorida que relucía frente a él parecía surgida de sus peores pesadillas, esas en las que irremediablemente el monstruo se devoraba a su madre ante sus propios aterrorizados gritos. Sentía el sudor correr por sus mejillas, los ojos le pesaban, le costaba respirar, su percepción de los alrededores comenzaba a distorsionarse conforme el miedo trepaba por su pecho con unas garras afiladísimas. El auto se convirtió en una trampa, tuvo la impostergable necesidad de salir de allí, sin embargo, el aire fresco en el rostro fue sólo un alivio momentáneo, antes de que pudiese respirar hondo el horror ya se había desencadenado. Su mente frágil se quiso aferrar a algún recuerdo de la infancia, a un lugar confortable, cálido, lejano, pero apenas cerró los ojos para escapar de las imágenes que lo rodeaban, la bestia sonriente volvía a devorar a su madre. Los abrió para volver a escapar; los colores, el frenesí musical y las escenas que se superponían ante él formaron un torbellino que arrasó con sus restos de cordura.

El viejo observaba desde la ventana con la mandíbula fuertemente apretada, sus ojos se mantenían alertas e iban siguiendo los acontecimientos con premeditación. Después de arrojar los papeles rojos, sonreír a diestra y siniestra con sus bocas dibujadas y hacer reverencias a quienes quisieran mirar, los payasos se habían quedado quietos unos segundos. En ese momento el viejo pensó “Están eligiendo cada uno su presa… están midiéndolas”, la música se estiró es una sola nota estridente y para cuando retomó el loco tintineo desenfrenado, los bufones se pusieron en acción. Cada uno sustrajo del hueco del que emergía un arma a elección y dio comienzo la brutal carnicería.

Luciano aferraba con toda su fuerza la pierna de su madre, le clavaba dedos y uñas, no dejaba de chillar y escondía el rostro hinchado y mocoso entre los pliegues de la pollera para dejar de ver los rostros demoníacos que se habían puesto los payasos. Su madre intentaba correr y tironeaba de los pelos de su hijo para que dejara de actuar como lastre y le permitiera aumentar la velocidad. Entre la música demencial que perforaba sus oídos comenzaron a escucharse explosiones aisladas. Habiendo visto lo que enarbolaba cada uno de aquellos monstruos sonrientes no tenía ninguna duda del origen de los estallidos. La gente a su alrededor gritaba y corría presa del pánico más primitivo, nadie quería morir de esa manera tan ridícula. En la mente de la mujer que corría con su hijo aferrado a una pierna, el único pensamiento que rebotaba idiota sin cesar era que no podría asistir a la fiesta del sábado si no salía de allí cuanto antes.
Sintió un golpe en la espalda, una especie de quemazón repentina y un dolor insoportable, sus piernas no respondieron y el suelo de pronto comenzó a elevarse al encuentro de su rostro. Los gritos de Luciano se hicieron aún más estridentes. El pensamiento cambió. “Por qué no te callás de una vez, pendejo de mierda.”

El joven había resbalado lentamente hasta quedar sentado en la calle con la espalda apoyada en la rueda delantera de su auto último modelo. En su cabeza sólo sentía un grito sin voz, constante, ensordecedor. Sus ojos no sabían hacia dónde mirar, había gente tropezándose con otra gente o con vehículos abandonados, gente cayendo con la cabeza destrozada, pisoteada por quienes huían del mismo destino. Una mujer que arrastraba a su hijo pasó por delante del joven, los gritos del niño restauraron su vínculo con los sonidos del mundo exterior y pronto deseó que eso no hubiera sucedido. Un disparo en la espalda hizo caer a la madre de bruces en el asfalto, el niño comenzó a sacudirla gritando con más intensidad. Uno de los monstruos coloridos se abrió paso entre la multitud con su demencial sonrisa brillando bajo el sol, se acercó a la mujer derrumbada y la tocó con la punta de su gran zapato para comprobar si aún respiraba. El joven cerró los ojos con fuerza. “Por favor no, otra vez no, mamá, no, por favor, basta. No, no, mamá, por favor…”

El viejo sopesaba la posibilidad de que todo aquello no fuera más que una nueva alucinación. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que irrumpieran en su mente, no había vuelto a suceder desde que le dieran el alta. No recordaba cuánto tiempo había transcurrido desde entonces, su cabeza funcionaba diferente después del encierro. ¿Cómo saber si con su nueva manera de pensar las visiones podían ser así de vívidas, así de realistas?
Los payasos habían comenzado a disparar y las víctimas caían como moscas, pero no mataban a quienes estaban cerca, no parecía una cuestión de azar. ¿Con qué criterio los elegían?
Sin darse cuenta, el viejo había sacado de entre las sombras aquello que sus manos aferraban y lo apoyaba ahora en el marco de la ventana. Sus ojos se posaron en el arma, su mente no formuló preguntas, simplemente aceptó las circunstancias y no fue necesario tomar la decisión. Acercó el ojo a la mira y comenzó a disparar con precisión, haciendo caer uno a uno a los engendros malignos que desataran una masacre absurda. Los payasos no huyeron, fueron menguando su número de a poco, tampoco detuvieron su actuación, parecían movidos por una voluntad que estuviera más allá de ellos, como si no llevasen las riendas de sus propios actos.
El viejo sobrevoló con la mira el desastroso escenario en que se había transformado la ancha avenida, buscaba colores chillones, bocas despiadadas. Ubicó al último que quedaba en pie, estaba parado junto a un niño de ojos horriblemente hinchados, el engendro parecía estudiar con avidez a un joven que ocultaba su cabeza entre los brazos, como si de esa manera pudiese huir de allí. Algo en la escena lo obligó a observar y esperar.

Luciano estaba sentado en la calle junto al cadáver de su madre, el monstruo que se la había arrebatado continuaba parado a su lado pero fijaba su atención en un hombre que temblaba pegado a la rueda de un auto. El niño ya no lloraba, un vacío inmenso se había apoderado de su pecho y le impedía moverse de allí, su mirada alternaba entre el ser grotesco disfrazado de payaso y el hombre aterrado que no quería escapar de una muerte segura. Lo comprendía sin necesidad de palabras, él tampoco quería moverse pero su situación era diferente, no se sentía en peligro ya, el momento de su riesgo de muerte había pasado, algo más horrible aún estaba a punto de sucederle a ese hombre, algo que debía pasar irremediablemente. Los pensamientos se ordenaron así en su cabeza y Luciano los aceptó como la única verdad. Un reflejo lo hizo parpadear y buscó con la vista su proveniencia. En la ventana de un edificio pudo ver a un hombre con un arma que apuntaba en aquella dirección. Ya había matado a todos los demás payasos pero no se decidía por apretar el gatillo por última vez. Era lógico, aún no era el momento. Por las dudas que aquel hombre no lo supiera, Luciano miró con intensidad el origen del reflejo y negó lenta pero pronunciadamente con la cabeza.

El joven no podía dejar de temblar, nada le importaba en el mundo en ese momento más que mantener los ojos cerrados. A su alrededor había cesado casi todo el bullicio de la masacre, sin embargo podía oír la pesada respiración del demonio que se rehusaba a alejarse. Era igual que en su pesadilla, luego de devorar a su madre el monstruo se quedaba allí impasible, observando… ¿qué? No podía recordarlo. Ella no había sido una buena mamá, él era consciente de ello, pero era la única que tenía ¿por qué tenían que quitársela entonces…? Y ahora de nuevo… abrió la boca y gritó con todas sus fuerzas:
-¿POR QUÉ NO ME MATÁS DE UNA PUTA VEZ?
El monstruo se acercó más, lo tomó por las muñecas y lo obligó a descubrirse el rostro, que se contrajo de asco y desesperación al sentir el fétido aliento que le era respirado rítmicamente. El joven sintió una sensación de urgencia en su mente y no pudo mantener los ojos cerrados, la criatura que lo observaba parecía trasmitir un mensaje silencioso “VIVE”, “SUFRE”, “RECUERDA”. Abrió los ojos muy grandes y su mente comenzó a gritar sin control y sin freno.

-¿POR QUÉ NO ME MATÁS DE UNA PUTA VEZ?
Las palabras golpearon al viejo en el pecho, se le nubló la vista y las lágrimas desbordaron sus ojos, perdiendo el objetivo en que había centrado la mira. Un miedo infantil atenazó sus miembros que se paralizaron, enjugó las lágrimas, buscó al niño con la mira, pero éste había desaparecido. Volvió a centrar su atención en el payaso que parecía estar hipnotizando al joven en mitad de la avenida y durante ese interminable intercambio de miradas su mente susurró las palabras “vive”, “sufre”, “recuerda” y las lágrimas volvieron a aflorar. Por un instante su cerebro amenazó con colapsar, como si un gigantesco resplandor pretendiera cegarlo, borrar todo su mundo. Luchó contra ello, era su deber, si aquello lo vencía todo habría sido en vano. Respiró hondo, parpadeó repetidas veces enfocando la vista y volvió a observar a través de la mira. El joven también había desaparecido, sólo quedaba en pie el último bufón despreciable escrutando a su alrededor, buscando nuevas víctimas. No podía permitirlo, una certeza determinante le devolvió a sus manos la firmeza necesaria. Los hechos anteriores habían sido de alguna manera orquestados para suceder, pero el límite era ahora, el límite era él, ese era su destino.
Apuntó a la cabeza de la que sobresalían mechones de color fucsia y sin vacilar apretó el gatillo. Disfrutó el momento, vio caer despatarrada a la grotesca figura y sintió los labios curvándosele en una sonrisa. No recordaba la última vez que había sonreído. Soltó el arma y caminó con lentitud hasta su cama, sus músculos se relajaron y casi cayó sobre el colchón. Las lágrimas afloraron al instante, amargas, liberadoras. Lloró por todo y por todos. Por sus recuerdos perdidos, por sus padres olvidados, por todos aquellos que tuvo que ser para llegar a estar ahí en ese momento, porque fuera necesaria esa especie de castigo superior para extraer los elementos nocivos que estaban destruyendo la sociedad. Se sintió un poco asqueado de ser un mero instrumento quirúrgico.
Oyó golpes autoritarios llamando a su puerta, los conocía de memoria, torpes, apresurados, tardíos, ignorantes. Lo inculparían de todo, la masacre de principio a fin, si los payasos continuaban tirados en las calles serían sus cómplices, si habían desaparecido sería el único autor intelectual y material.
Suspiró y con una sonrisa permitió que la oscuridad lo devorara sin ofrecer resistencia alguna. Tiraron la puerta abajo, lo arrastraron fuera de su vivienda junto con el rifle apostado aún en la ventana, volvieron a encerrarlo en un rincón oscuro, sin embrago el anciano no dejaba de sonreír. Su confinamiento sería pacífico y silencioso como no lo había sido ningún otro momento de su vida. Había llegado al final de un tortuoso camino trazado a fuego en su alma como un mapa, su ineludible misión le había costado mucho dolor y desesperación, pero la nueva página estaba en blanco… y tenía la intención de que permaneciera así.
Se sentó en el suelo en mitad de su celda, con las piernas cruzadas, cerró los ojos e inspiró profundamente por última vez.

5 - La última pieza.


El sonido fue ensordecedor, Octavio parpadeó repetidas veces mientras una absurda sucesión de teorías atropellaba su mente, paseó la vista por la plaza debajo suyo buscando un cuerpo desplomado y la consiguiente escena de pánico en que todos comenzaban a correr alejándose del cadáver. Nadie. Claro que no, no tenía sentido, si todavía no apretaba el gatillo ni una sola vez, no había elegido cuál sería su primer víctima del día. Sin embargo las palomas habían volado espantadas, no había sido fruto de su imaginación. El vuelo de las palomas formaba parte del ritual, igual que los gritos, las corridas, la gente cayendo como moscas, era su ritual, sabía cómo llevarlo a cabo, era lo mejor que sabía hacer… pero esta vez era distinto, el  rompecabezas se armaba solo y él no encajaba las piezas.
Entonces olió la pólvora y el dolor lo golpeó de imprevisto, sintió la sangre caliente resbalando por la sien y cayó sobre su costado intentando enfocar la vista en la figura que proyectaba una sombra encima de él. Tosió y el dolor hizo estallar el mundo, el gusto a sangre en la boca le produjo arcadas. No podía ser quien creía, él estaba en una cama, muriendo, como todo el mundo pero aceleradamente, no podía estar allí a su lado… no podía haberle disparado… no tenía las fuerzas suficientes y tampoco le importaban sus acciones, nunca le habían importado.
-Alguien tenía que hacerlo, alguien… tenía que detenerte. Ya está, todo estará bien ahora, hijo, no volveré a dejarte solo, vamos a casa...- la figura se sentó a su lado temblando por el esfuerzo y le sostuvo la cabeza entre los brazos hasta que los ojos de ambos se fueron apagando mientras las lágrimas se entremezclaban con la sangre.

4 - En el lugar exacto.

Imagen: meteor

Fermín estaba en el patio trasero de su casa recogiendo la basura que había desparramado ese maldito perro, puteando para sus adentros a su padre por obligarlo a juntar el desastre que había hecho su mascota y deseando estar en cualquier otra parte en ese momento. Con el rabillo del ojo captó algo raro en el cielo y por un instante una luz cegadora pareció envolverlo por completo y desorientarlo, pero entonces la sensación pasó y él encontró la excusa perfecta para dejar de lado sus obligaciones.
Un haz de luz rasgaba el cielo, caía en dirección a los montes donde terminaba el terreno de los Jiménez. Fermín dejó todo como estaba y corrió hacia donde apuntaba la luz en el cielo mientras Fox ladraba desaforado intentando liberarse de la correa para alcanzar a su dueño.
Comenzaba a anochecer en el pueblo y supuso que toda la gente se hallaba ya en sus casas, preparando la cena, mirando la televisión o dándose una ducha luego de una extenuante jornada laboral. Nadie reparó en la luz en el cielo y mucho menos en el adolescente desgarbado que corría hacia ella como si la misión más importante de su vida fuese llegar allí antes de que tocara la tierra.
Corrió entre casas y árboles, entre postes y bicicletas, corrió a campo traviesa cuando las viviendas quedaron atrás, iba con la mirada fija en el cielo para no perder de vista su objetivo que avanzaba lenta pero inexorablemente siempre más adelante, inalcanzable. Quería presenciar el momento en que se estrellara contra la tierra, poder ver el hueco que abriera con el impacto, sentir en su cuerpo la vibración que tal colisión ocasionara. Dejó atrás uno de los montes y se dio cuenta de que había subestimado la distancia, caería mucho más lejos de lo que había creído en un primer momento, así que exigió a sus piernas un poco más e incrementó la velocidad.
Parecía no haber estrellas esa noche, los grillos andaban mudos y habiéndose alejado del pueblo ya casi no oía más sonido que el de su propia respiración agitada. Cada tanto un extraño zumbido invadía su cabeza pero él parecía solamente interesado en correr hacia el punto de impacto de aquel cuerpo  cayendo, como si alcanzarlo fuese lo único relevante en el mundo. El meteorito nunca terminaba de caer y Fermín no dejaba nunca de correr, aunque tampoco se sentía cansado.

El recinto era blanco y luminoso, sin embargo las pupilas de Fermín se hallaban muy dilatadas, su mirada se perdía en un punto fijo cercano al techo donde no parecía haber absolutamente nada. Sus piernas se movían a una velocidad increíble para un ser humano, pero no iba a ninguna parte. Una especie de arnés lo sujetaba por la cintura, incrustándole en el torso toda clase de cables y mangueras con líquidos de colores que entraban y salían de su cuerpo. El arnés estaba unido a una máquina por medio de un brazo mecánico del mismo blanco impoluto que el resto del recinto y lo mantenía suspendido sobre una suerte de cinta de correr transparente que se iba adaptando al trayecto que las piernas creían transitar. La máquina llena de displays monitoreaba cuerpo y mente del sujeto de pruebas, arrojaba datos en un lenguaje que ningún terrícola hubiese logrado descifrar.  Muy concentrado en la lectura dichos displays se encontraba un ser que podía confundirse con el resto de la habitación, era de un color blanquecino casi transparente, muy flaco y de largas extremidades que terminaban en tres dedos. Parecía sumido en un profundo letargo mientras observaba los signos que se sucedían sin cesar. Un segundo ser, muy parecido a este pero un poco más alto y menos translúcido, regulaba los fluidos suministrados mediante el arnés. Al otro lado de la máquina el último de los entes, casi redondo y luminoso, recogía los fluidos de diferentes colores extraídos del humano, los libaba mediante una especie de tubo de vidrio y, tras un breve período de degustación, hacía anotaciones en un teclado flotante.

Fermín continuaba corriendo con la vista clavada en el meteorito que nunca terminaba de caer y de pronto comenzó a sentir como si su cuerpo fuera más pesado, sin embargo su marcha no disminuía. Un atisbo de ansiedad, diferente de la que lo impulsara a correr, se coló por un resquicio de su mente. Cayó en la cuenta de que oía ladridos cuando no debía hacerlo, con la distancia que había recorrido desde su casa era imposible que Fox estuviera cerca a menos que hubiese cortado la cadena para ir tras él. Era su perro sin lugar a dudas, reconocería sus ladridos toscos en cualquier parte. ¿Y si Fox llegaba antes que él al lugar del impacto del meteorito? La idea de que su perro pudiera morir aplastado por ir tras él hizo que sus piernas se sintieran de goma, apuró más el paso para asegurarse de encontrar a su mascota para llevarlo de vuelta a casa.

El ser que leía los datos del display levantó la vista preocupado y reprodujo un par de sonidos borboteantes. El encargado de suministrar los fluidos accionó un par de teclas y un líquido color rojo ascendió por las mangueras e ingresó en el organismo del sujeto. El extractor llenó una probeta con un líquido azulado, lo miró unos segundos con ojos brillantes y procedió a libar de él sin oír los apremiantes sonidos que reproducían sus colegas. Instantes después sus ojos desbordaban el líquido azul sin cesar, contagiando a sus compañeros que con los ojos empañados por el llanto no podían desempeñar sus funciones correctamente y tuvieron que abortar el experimento.

Fermín sintió los lengüetazos de su perro en la cara y se alegró de haberlo encontrado antes de que el meteorito lo hiciera. Abrió los ojos y se encontró en el patio de su casa, junto al tacho de basura, a su lado Fox ladraba contento y la cadena tintineaba con cada tirón que el perrazo le daba para acercarse más a su dueño. Fermín se levantó y todo el cansancio del mundo se apoderó de su cuerpo, elevó la vista al cielo y se rascó la cabeza confundido. Suspiró, terminó de juntar la basura y la metió al tacho. Con las pocas fuerzas que le quedaban, liberó a Fox y lo llevó consigo a su habitación. Lo primero que hizo el perro fue acomodarse en su cama, Fermín sonrió y se acostó a su lado. No tenía idea de lo que había sucedido esa noche ni por qué había temido tanto por ese animal pero mientras se sumía en un sueño profundo una parte de su mente le susurró que había sido el perro quien le había salvado la vida a él. Fuera cual fuese la verdad, permanecería allá afuera, ahí adentro sólo quedaba su mutuo amor incondicional, y eso era más que suficiente.

3 - De llaves y puertas cerradas.


Levantó todos los almohadones del sillón, revisó cada uno de los bolsillos de los abrigos colgados del perchero, revisó debajo de la alfombra, dentro de los zapatos, hasta en la heladera. No hubo caso, las llaves iban a ganar a las escondidas esta vez y se quedaría sin poder salir, con el vestido puesto y apestando a perfume. Se sentó en el sillón de almohadones desordenados, apoyó los pies sobre la mesa ratona, los zapatos de taco alto huyeron despavoridos rumbo a la alfombra y un bucle se balanceó como un péndulo delante de sus ojos delineados. Se sentía estúpida encerrada en su propia casa. En cualquier momento aparecería Gustavo en la puerta para llevarla a cenar y ya había arruinado su cuarta cita sin siquiera abrir la puerta… o precisamente por eso.
Presa de una rabia lenta y pesada, dio vuelta la cartera para vaciar todo su contenido sobre los almohadones, ya no buscaba las llaves, necesitaba el teléfono y una excelente excusa para cancelar la cita a último momento. No quería hacerlo, Gustavo le gustaba demasiado para dar un paso atrás después de avanzar y avanzar… pensar que esa noche había decidido acostarse con él.
Miró la hora: diez menos cuarto. Tenía quince minutos para salir de la casa y esperarlo en la puerta, ya planearía qué hacer a la vuelta, llamar un cerrajero, meterse por una ventana… quizás ni siquiera regresara. Ese pensamiento la alentó lo suficiente para volver a ponerse los tacos, juntó las cosas desparramadas por el sillón, pasó frente al espejo para acomodarse el pelo y revisar el maquillaje.  Durante unos segundos respiró hondo y suspiró, no se reconocía en el espejo, tanta producción para agradarle a un tipo que le cayó más que bien de entrada… ¿valdría la pena? Se alejó del espejo antes de  que las dudas la asaltaran y el timbre la sorprendiera anunciando la inevitable cancelación de la cita.
Las ventanas de la planta baja poseían rejas, imposible escapar por una de ellas, subió las escaleras hacia el primer piso, se asomó por la ventana de su habitación para ver el automóvil de Gustavo a pocas cuadras y desesperó. Unos metros delante de ella el único árbol cercano extendía una de sus ramas hasta la ventana como un brazo ofreciendo su ayuda. No se permitió dudarlo, se sacó los zapatos, los arrojó al jardín junto con la cartera, se encaramó en la rama y lenta pero segura avanzó hacia la copa del árbol, enorme y oscura. Una vez allí, una oleada de recuerdos la asaltó de improviso, no quiso rendirse a ellos, se obligó a bajarse y a pensar en otra cosa hasta que sintió el pasto humedeciéndole los pies. El corazón le latía enloquecido, las lágrimas rodaban por sus mejillas y Gustavo la observaba con sus enormes ojos oscuros sosteniendo en una mano sus zapatos de taco alto.
Ella no supo qué hacer así que se quedó allí parada, con el vestido levantado, el maquillaje corrido, el cabello alborotado y un rasguño en la rodilla de donde podía sentir la sangre bajando por su piel.
-Hola… perdí las llaves- fue lo único que supo articular y una carcajada se escapó de sus labios.
Gustavo se acercó, le tocó la mejilla húmeda con surcos negros dibujados por el rímel, apartó el bucle que pretendía ocultar cuánto brillaban sus ojos y la besó sin mediar palabra.
-Estás hermosa. -dijo cuando pudo dejar de besarla.- ¿Tenemos que salir a algún lado?
Ella volvió a reír y comenzó a subir por la desvencijada escalera oculta tras el tronco del árbol, cuando estuvo arriba lo ayudó a trepar los últimos escalones. Los ojos de Gustavo se iluminaron al descubrir la casa del árbol abandonada hacía años pero que tenía un efecto mágico en la mujer sentada a su lado, que parecía una niña emocionada. El lugar resaltaba esa sensibilidad y sencillez que tanto le gustaban y que ella se empeñaba en ocultar. Sacó un pañuelo del bolsillo y le secó la sangre de la rodilla mientras observaba divertido sus labios inquietos contándole historias de su infancia, inmensas aventuras pobladas de misterios, amigos y colores. Sentía unas inmensas ganas de hacerle el amor allí mismo, pero qué apuro había, tenían todo el tiempo del mundo porque desde esa noche tuvo la certeza de que nunca la dejaría escapar de su lado.

2 - Gemido



Imagen: Red

Levantó la vista conmocionada, con un suspiro entrecortado y el pecho retumbando por dentro. Él no se había fijado en ella y eso era bueno, no podría soportar la vergüenza de saber que la estaba mirando mientras alcanzaba ese orgasmo dulce y silencioso con sólo imaginar que sus manos la estaban acariciando.

1 - Duendes de Jardín.



El viento soplaba con una fuerza inquietante, las hojas aún verdes se sacudían aterrorizadas mientras que las secas se dejaban arrastrar sin resistencia alguna. En medio del jardín, un pozo oculto por piedras y pequeños troncos estaba a punto de quedar al descubierto. Una enorme hoja seca revoloteó un instante sobre el agujero para luego continuar viaje hacia donde el viento la quisiera llevar, pero en el segundo definitivo, una diminuta mano se asomó, aferrándola por el tallo y la introdujo a medias en la tierra, luchando por mantenerla en ese lugar sin que se rompiera.
Grof, el rechoncho Duende Guardián del Jardín 84, sudaba y resoplaba luchando con la hoja seca que no quería oficiar de camuflaje para su guarida. Pensaba en el tiempo que le había tomado juntar las piedras, los troncos, acomodarlos para que parecieran naturales, mirar desde todos los ángulos imaginables para saber con certeza que no podrían hallar la entrada ningunos ojos curiosos… y ahora por culpa del maldito viento todo ese trabajo había sido en vano.
El tallo de la hoja se quebró entre sus dedos y la parte superior salió volando arrebatada por la furia del viento.
Grof cayó sentado, refunfuñando entre dientes con el tallo seco aún entre las manos y los pelos blancos de la cabeza y la barba revoloteando sin control. Eso le recordó que su sombrero había desaparecido dos días atrás y su mal humor se intensificó. Se quedó allí sentado, odiando el clima, a los ladrones de sombreros y al perro del vecino (ya no recordaba por qué, pero el odio no se diluía con la razón del mismo), suponiendo que debía tapar la entrada de su hogar hasta que pasara la tormenta. Ya no importaba ser descubierto, nadie en su sano juicio hurgaría el jardín en pleno temporal, pero no quería despertar en mitad de la noche flotando en el agua helada, así que se levantó con gran esfuerzo, trepó por la escalinata de piedritas minuciosamente acomodadas y a mitad de camino se detuvo asombrado. Entre medio de dos escalones asomaba un retazo de tela color verde manzana, flameaba con el viento como si lo estuviera saludando. Lo aferró entre sus dedos y lo acercó a su rostro ceñudo, lo olió con una profunda inspiración para terminar de convencerse. Olía a manzanas verdes. El único jardín del barrio con un manzano era el 82 y Milos, su Duende Guardián, vestía ropas de ese color.
Ahora sí que Grof estaba furioso, indignado, colérico. Se olvidó del viento que amenazaba con hacerlo volar por los aires mientras salía de su guarida, se olvidó de la inminente tormenta que empaparía su lecho de hojas seleccionadas especialmente para soñar con nogales y se olvidó de que odiaba al perro del vecino hasta que éste lo correteó por todo el Jardín 83 a medida que lo atravesaba para llegar al siguiente. Cruzó el cerco hacia el 82 y se detuvo un momento para recobrar el aliento mientras veía las hojas del manzano bailotear la danza del viento y buscaba con la vista la entrada de la guarida de Milos oculta por las raíces del árbol. En cuanto la ubicó, se enderezó y avanzó hacia allí con determinación.
Asomó la cabeza en el hueco apenas disimulado por las raíces, encontró los peldaños y comenzó a descender barajando en su mente sus futuras acciones. En el camino encontró carreteles de hilos de todos los colores, retazos de telas, botones amontonados… ya imaginaba su sombrero mutilado, el rostro de Grof se estaba poniendo morado, igual que el resto de su vestimenta. Vislumbró la figura de Milos de espaldas muy concentrado en la tarea que estuviera llevando a cabo, se acercó un poco más con la vista clavada en el Duende Ladrón de Sombreros y al pararse sobre una ramita seca que el viento había arrastrado hasta esas profundidades, la quebró con su inevitable sonido delator. Milos se dio vuelta y al reconocerlo una gran sonrisa le iluminó la cara, confundiendo a Grof y haciendo que se atragantara con su enojo al punto de no poder ni siquiera gesticular. El Duende verde manzana del Jardín 82 no le dio tiempo para salir de su estupor, lo agarró de un brazo y lo llevó arrastrándolo detrás de si al tiempo que pegaba saltitos entusiasmados hasta la salida de la guarida. Una vez afuera lo empujó con mucha insistencia hasta que logró que trepara con él hasta la copa del manzano, entonces se sentó en una rama, lo invitó a hacer lo mismo y esperó.
 El viento acariciaba el rostro de Grof enmarcado en sus pelos danzantes que le recordaron la ausencia de sombrero, pero la curiosidad pudo más y terminó sentándose al lado del Ladrón que parecía tener algo que confesar. Milos sacó de entre sus ropajes un sombrero color morado casi idéntico al suyo pero con algunas modificaciones y antes de que Grof pudiera retomar el enojo se lo puso en la cabeza y con un par de movimientos veloces sacó del interior del mismo una especie de tiras que procedió a atar en los hombros y axilas del anonadado Duende.
Cuando terminó tampoco le dio tiempo a reaccionar, con una enorme sonrisa y los ojos brillantes por la emoción, Milos se puso de pie y saltó del manzano. Grof no pudo hacer más que retener el aliento y asomarse para ver la espantosa muerte que sería el final del Ladrón de Sombreros, le parecía un castigo absurdamente desproporcionado, teniendo en cuenta que le había devuelto el sombrero… o casi… entonces se quedó boquiabierto. El sombrero verde manzana se abrió de pronto como el capullo de una flor que fue arrastrada por el viento unos metros y entonces  Milos aterrizó lenta y graciosamente sobre las hojas secas desparramadas por el césped riendo como un demente.
Grof no podía salir de su estupor, el corazón le latía salvajemente en el pecho. Cuando Milos terminó de reír y comenzó a hacerle señas para que lo imitara, el miedo lo paralizó. Miró hacia abajo, la altura era considerable, el viento soplaba con mucha fuerza, el perro del vecino le ladraba a través de la reja y una tormenta se avecinaba… debía regresar a su Jardín, tapar la entrada de su guarida para que no se llenara de agua, lentamente el ceño volvió a arrugarse devolviéndole el gesto habitual en su rostro. Sus ojos se posaron en Milos, que parecía rebosante de alegría y despreocupación, pensar que había venido dispuesto a golpear ese rostro… cerró los ojos y sin pensarlo dos veces saltó al vacío. El viento infló su nuevo sombrero como si fuera un paraguas y tuvo que mirar. El jardín bailaba a su alrededor, las flores lo saludaban como a una más de ellas, el perro seguía ladrando pero sin dejar de mover la cola, las hojas secas se arremolinaban en su entorno y volar era tan hermoso que cuando sus pies tocaron el suelo se sintió extraño. Sus ojos se encontraron con los de Milos brillando agradecidos de emoción y su próximo movimiento fue inconsciente, la risa se apoderó de su cuerpo pero eso no le impediría ganar la carrera de vuelta a la copa del manzano todas la veces que fuera necesario para hasta que sus pies se olvidaran que lo natural era estar en contacto con el suelo.

18.2.14

Reflejos desiguales


Imagen: Reflection

El sonido del motor lo había hecho girar la cabeza, una pelirroja montada en una Harley le robó una sonrisa, el sol lo obligó a bajar la vista y fue entonces, cuando vio el reflejo en el agua que corría junto al cordón, que su rostro se transformó en una mueca que no fue reproducida por aquella figura que lo observaba. Huyó aterrorizado. El reflejo que lo había mirado desde el otro lado no era humano, era una cosa monstruosa con algo de anfibio, y había clavado sus ojos en él.
A medida que avanzaba, no podía evitar que su mirada desobedeciera a su voluntad de no querer saber más nada con eso, de no desear toparse de nuevo con aquella figura, y así fue como a lo largo del camino cada superficie reflectante le mostraba aquel rostro que parecía buscarlo con ansias.
Corrió hasta que las piernas fueron como fuego, hasta que la cabeza latió con fuerza y el aire dolió en la garganta reseca. Aterrado, se encerró donde pudo, lejos de cualquier superficie que pudiera mostrarle aquel ente inhumano que se empeñaba en alcanzarlo. Su parte racional intentaba prevalecer, lo que acababa de suceder era imposible, su mente debía haberle jugado una broma pesada… pero muy dentro suyo sabía que no era cierto, la familiaridad ansiosa de esos ojos sin párpados estaba taladrando un rincón de su interior que comenzaba a doler de una manera muy singular. Abrazó sus piernas con fuerza y un sollozo explotó en su garganta, deseó más que nunca no estar solo en el mundo para poder pedir ayuda.

Muy lejos de allí, por más que le pareciera tan cerca en ese momento, un joven ankiliano estaba tan entusiasmado que no sabía si reír, gritar o llorar, lo único que atinaba a hacer compulsivamente era lamerse los ojos sin descanso. Corría lo más rápido que le era posible hacia la madriguera de su madre para trasmitirle lo que acababa de ver. Sí, era cierto que las escamas parecían habérsele suavizado hasta convertirse en otra cosa, y el pelaje que le crecía en ciertas partes de la cabeza le había dado un poco de impresión, pero el parecido era notable, hasta la mueca de asombro al cruzarse sus miradas le recordó a su padre. Por alguna extraña conjunción de realidades, dimensiones, brujerías -su cerebro no podía terminar de elegir una opción acertada- ¡había encontrado a su hermano perdido!
Ahora que sabía la ubicación del portal a ese mundo hacia donde había resbalado cuando era pequeño podían ir entre todos a rescatarlo, podía juntar una gran tropa de ankilianos fervorosos por recuperar a uno de los suyos y así sería más fácil por si acaso los nativos del lugar opusieran resistencia a que se lo llevaran. ¡Sería muy emocionante cuando por fin se reencontraran!

17.2.14

Sangre maldita



Imagen: Blood bowl

En el año 1047 un demonio asolaba la región de Mandsae, aterrorizando a quienes lograban sobrevivir a sus feroces ataques. Hubo un hechicero que logró encarcelarlo. Un poderoso brebaje fue distribuido entre toda la población puesto que nadie sabía quién podría ser la próxima víctima. Todos los habitantes de la región bebieron el preparado sin preguntar cuáles eran sus ingredientes. Uno de los cuales era la misma sangre del hechicero, poderosa sangre santa. La pobre víctima fue recordada como un mártir entre los pobladores de Mandsae que desde ese día en adelante vivieron en paz.
Del demonio se encargó Serbenhi, el mencionado hechicero. Arrastró el cuerpo dormido de la bestia (no era posible matarlo, ningún ser vivo poseía el conocimiento para lograr dicha empresa) hasta el fondo de una laguna, donde tuvo la prudencia de enterrar la mitad de su cuerpo, enredándolo entre las raíces de un árbol, le costó mucho tiempo y esfuerzo, terminó agotado, pero sabía que era imperioso que nadie lograra moverlo de su lugar de descanso.
Luego se quedó tranquilo, ya que la única manera en que lograría despertar sería entrando en contacto con su poderosa sangre de hechicero entremezclada con ciertos hongos de su reserva secreta. Aún así, montó junto a la laguna un precario puesto de vigilancia para que el mínimo indicio que revelara actividad en las aguas fuese comunicado de inmediato a él y su familia.
Pasaron los años y no hubo novedad.
El puesto de vigilancia se fue ampliando con la llegada de la civilización a la pobre región de Mandsae (nombre que le habían designado sus antiguos habitantes). Siglos más tarde se había convertido en vivienda y ya nadie recordaba la designación original de la edificación, que se convirtió en un caserón pintoresco. Un puente de madera fue construido sobre la laguna. El paisaje no podía ser más lejano del que fuera allá por el principio de milenio.

Sucedió una noche entre 1960 y 1980, nadie parece querer recordarlo con precisión. Una fiesta tuvo lugar en la casona junto a la laguna. Una fiesta llena de jóvenes desenfrenados en que las sustancias ilegales circulaban sin límite alguno.
En plena madrugada, muy pocos de los concurrentes lograban mantenerse en pie. El dueño de la casa, un joven impetuoso sin temor a nada, se desafió a sí mismo a cruzar la laguna de lado a lado de un solo salto. De más estará decir que su mente obnubilada por los estupefacientes no tenía noción de la distancia. Habrá que aclarar el hecho de que se olvidó de la existencia del puente.
El joven tomó carrera y al llegar a la orilla pegó el salto más largo que le permitieron sus piernas. No fue suficiente, por supuesto. Su cara dio de lleno contra el puente, volándole un par de dientes, quebrándole el tabique, cortando su vuelo y precipitándolo inconsciente en las aguas frías y oscuras.
Bendita inconsciencia.
Nunca podría haber sospechado el hechicero Serbenhi, que poco más de novecientos años después de su gran hazaña poniendo a dormir al demonio, la gente utilizaría sus preciados hongos como alucinógeno. Menos aún que su único descendiente vivo se precipitaría estúpidamente de cara contra el puente, inundando las aguas de la laguna con su sangre contaminada de los mismos hongos que narcotizaran al voraz demonio.

En las oscuras aguas de la laguna, un par de ojos se abrieron, despidiendo una tenue luminiscencia rojiza que se intensificó al oler la sangre y el cuerpo inerte precipitándose hacia él. El primer bocado en casi un milenio.

5.1.11

Botones


Marianela abrió los ojos. La luz comenzaba a escasear y el trabajo continuaba inconcluso. Necesitaba aprovechar al máximo la luz del día. Su vista se cansaba con rapidez si la esforzaba bajo la iluminación artificial. Se estiró. Le dolían los dedos de lidiar con hilo y aguja durante tantas horas seguidas. Cinco muñecas más y habría terminado.
Se incorporó entre el montón de cuerpitos inertes que la rodeaban, clavados en ella montones de botones-ojos. Estiró un brazo en busca del carretel de hilo que uniría los miembros a los torsos, los rasgos a las caras; que daría forma a los cuerpos dotándolos de forma concreta.
No pudo encontrarlo.
Marianela estaba segura de que aún le quedaba medio hilo sin usar, y que debía estar en el costurero que descansaba junto a sus rodillas. Nunca erraba sus cálculos, por eso se inquietó un poco al ver que faltaba. Ya no le alcanzaba el tiempo para comprar otro. Por más que revolvió, no hubo caso... había desaparecido.
Avanzó a gatas entre retazos de tela, hebras de lana y tijeras desparramadas, escudriñando a su alrededor en busca del escurridizo que le impedía continuar con su tarea. Dio con un hueco en la pared, al ras del suelo. Tenía que haber rodado hasta allí, era la única explicación posible. No perdió más tiempo, aventuró un par de dedos dentro de la oscura cavidad. Ahí estaba el muy maldito. Lo atrapó presurosa y volvió al centro de la habitación.
Mientras lo enhebraba en la aguja tuvo la sensación de que aquél no era su hilo, si bien mantenía el color, poseía una extraña irisdicencia. Descartó la idea. A esa hora y en ese estado, no podía dar a sus ojos la confianza necesaria para juzgar las tonalidades.
En cuanto comenzó a coser, Marianela se olvidó del mundo. Sus manos parecían autómatas cuyo único inalterable propósito era finalizar la tarea que realizaban sin descanso. A medida que aguja e hilo unían pliegues de tela y pegaban botones a los rostros, mientras la luz del sol huía de este mundo, el taller que siempre había sido su lugar indiscutido, comenzó a poblarse de sombras.
La costurera captaba el entorno a través de sensaciones que su cuerpo traducía en un miedo creciente. Un temor irracional se apoderaba de su alma, centrando su preocupación en las últimas muñecas que terminaba de armar. Las iba depositando en el suelo, a su alrededor. Por alguna inquietante razón las acomodaba en ronda, mirándola. ¿Mirándola? ¿Cómo podrían mirarla desde sus botones inertes? ¿Por qué de repente la hacían sentir tan asustada? Sin embargo, no podía detenerse. Aunque su interior le pidiera a gritos que parara, que saliera huyendo de allí a toda velocidad y no se detuviera ni mirara hacia atrás... no pudo hacerlo hasta no haber dado la última puntada que cerrara el hueco final. Sólo cuando las cinco muñecas estuvieron terminadas Marianela volvió a sentirse dueña de sus manos.
Con los dedos cosquilleantes apoyados en su regazo, paseó la vista sobre su obra. Una gran cantidad de figuras se amontonaba en la penumbra. Todas iguales, el mismo color de tela, la misma lana haciendo de cabello, los botones iguales en lugar de los ojos. La ropa era idéntica para todas. Todas vestidas de rojo y verde. Los motivos navideños le proveían el mayor trabajo del año. Moños verdes, vestidos rojos. Y las cinco muñecas más próximas le provocaban escalofríos sin ninguna razón aparente.
Marianela observó el carretel de hilo en su mano izquierda. Ahora en la semi oscuridad era más notoria la luz mortecina que despedía. Volvió a mirar sus últimas creaciones y descubrió qué tenían de perturbador. El mismo brillo irisdiscente provenía del cruce de hilos que era el centro de sus ojos verdes. Los hacía parecer vivos.
La joven costurera rió en voz alta, sobresaltándose por el sonido y riendo del mismo sobresalto. Demasiadas horas de trabajo contínuo estaban horadando sus nervios. Eran botones, no ojos. Por más que ese brillo extraño los dotara de un aura sobrenatural. Volvió a reír para sentirse menos sola, pero se atragantó al captar un movimiento con el rabillo del ojo.
Giró la cabeza hacia la izquierda para horrorizarse al descubrir que una de las muñecas estaba dada vuelta. Girada, de cabeza. Una posición bastante extraña para mantenerse por sí sola. Marianela las había sentado a todas derechas, con la cara vuelta hacia ella, con piernas y brazos abiertos. No podía quitar los ojos de encima de esa que parecía desafiar los límites de su cordura.
Por un momento, creyó que perdería el conocimiento, que iba a desmayarse ahí mismo, sobre su arduo trabajo terminado. Pero se pinchó un dedo con la aguja y el dolor estabilizó el mundo a su alrededor. Hubiese preferido desmayarse. Contuvo un grito al darse cuenta de que ahora las cinco muñecas estaban en la misma posición. Entonces todas se cayeron, como si hubiesen cortado un hilo invisible que las sostuviera en aquella extraña postura, y ante los ojos horrorizados de Marianela, comenzaron a incorporarse una por una.
La costurera, presa del pánico, comenzó a clavarse la aguja en todos los dedos intentando despertar de lo que debía ser una pesadilla monstruosa. Las muñecas, con su sonrisa de lana, avanzaban hacia ella con los bracitos extendidos en una improbable promesa de abrazo. La sangre inundaba sus manos, el dolor no era suficiente. Marianela tomó un par de tijeras.
Posó la mirada en el instrumento que blandían sus manos y recién entonces pensó que podía utilizarlo como arma. Hasta ese momento nada la había rozado siquiera. Era presa únicamente de su propio terror.
Blandió las tijeras hacia el pequeño ejército de tela que avanzaba con perturbadora lentitud, enredando los dedos húmedos en el mango hasta lograr abrir las hojas en un ángulo suficiente para cercenar la primera parte que osara tocarla. Así fue como la primera de las monstruosas alimañas perdió la cabeza. Dicho suceso no le impidió seguir moviéndose. Esto alteró considerablemente a la costurera que comenzó a gritar mientras intentaba volver a abrir la tijera y quitarse de encima el decapitado engendro que comenzaba a trepar por su rodilla.
Quizá fuera la visión de la sangre. Tal vez la mutilación de uno de sus congéneres. Puede que tuviesen sus propias razones sobrenaturales que nunca nadie fuera a comprender... pero las cuatro muñecas restantes comenzaron a moverse a una velocidad escalofriante. El contraste con la lentitud de la primera hacía la escena aún mas vertiginosa y desesperada.
Marianela intentó volver a blandir las tijeras que se resbalaron entre sus dedos ensangrentados. Sus gritos se transformaron en un llanto espantoso. Nadie querría escuchar jamás un llanto como aquél.
No sabía qué le sucedería, pero estaba segura de que sería horrible y que no sobreviviría para contarlo. Lo sentía en los huesos. Quiso moverse, escapar. Patinó en un charco en que se mezclaban sus propios fluídos. Sangre, lágrimas, baba y era muy probable que también orina.
Su cabeza llegó al nivel del suelo y esa fue su perdición. Las muñecas se aferraron a sus cabellos. Treparon por los mechones hasta su rostro. El que no emitieran el más mínimo sonido hacía que la lucidez de Marianela huyera a pasos agigantados. Los rostros pequeños sonrientes acercándose al suyo. Los ojos-botones que ya no podía negar el hecho de que la miraban. Los dedos de lana hurgando en sus cabellos.
¡Ya basta! ¿Qué prentenden? ¿Qué buscan? ¿Qué quieren? ¡Sueltenme! ¡Yo las hice! ¡Si no fuera por mí no existirían! ¡Suéltenme! ¡Con esta tijera podría deshacerlas!
La exhausta costurera, tras vanos intentos por volver a levantarse, terminó perdiendo el conocimiento en mitad de alguna de las frases que no llegó a saber si gritó o si nunca salieron de su cabeza.
En las horas que siguieron, las últimas de la vida de Marianela, las imágenes se colaron en su cerebro como flashes intermitentes. Retratos del horror. Cada vez que abría los ojos, una escena macabra arrancaba los últimos pedazos de su debilitada razón. Las muñecas maniobraban sus intrumentos de trabajo con destreza y velocidad. La cabeza cercenada fue vuelta a coser en su lugar. Aquellos seres endemoniados comenzaron a devorarse al resto de las muñecas amontonadas y a medida que lo hacían, crecían en tamaño. Podía ver sus bocas abiertas despidiendo la misma extraña luz que el hilo de coser. Marianela sintió pena por los inocentes cuerpos inmóviles, se sentía muy identificada con ellos. Sobre todo cuando los últimos cinco, ya del tamaño de niñas de seis años, se abalanzaron sobre ella, con tijera, agujas e hilo en las manos. Hubo un momento de dolor extremo. Otro de pánico infinito cuando sus ojos fueron arrancados. Después no sintió más nada.
Los primeros rayos del sol iluminaron la escena que se desperezaba en el pequeño taller. El silencio era sólo interrumpido por ronquidos intermitentes. Las motas de polvo que flotaban en el aire se arremolinaron cuando la puerta se abrió.
Los ojos de Delia, la dueña del taller, se abrieron de asombro e incomprensión ante la grotesca montaña que se erigía en medio de la habitación.
Se acercó con cautela, flexionó las rodillas, acercándose para dar crédito a sus ojos, palpando con cuidado para terminar de comprender. No lo logró. Supuso que tenía que existir otra explicación para aquello fuera de que Marianela hubiese perdido el juicio.
La mujer volvió a incorporarse, se cruzó de brazos sin poder dejar de mirar. Sacudió la cabeza y salió en silencio, cerrando la puerta tras ella, intentando no hacer ruido mientras se preguntaba quiénes serían las cinco criaturas dormidas y qué hacian allí, cómo se le podría haber ocurrido a su empleada que alguien querría comprar una muñeca de semejante tamaño como la que las niñas estaban usando de colchón. Era perfecta, sí, el impecable vestido rojo, sus cabellos de lana recogidos con los moños verdes, los enormes y relucientes botones de sus ojos. Delia nunca había visto botones tan grandes... cómo se le ocurría que alguien podría querer...
Y se preguntaba por sobre todas las cosas dónde podía haberse metido esa joven. Pero cuando la encontrara la iba a escuchar, por supuesto que la iba a escuchar...


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Bueno. Es lo que hay. No me gusta :shrug: Es un cuento de terror prenavideño. Empecé a escribirlo para enviarlo a un concurso, pero no pude finalizarlo antes de la fecha establecida. Así que envié otro. Que tenía menos terror que no se que, asi que no ganó nada :XD:
Y este quedó inconcluso. Casi lo termino para navidad, pero tampoco quiso. Lo terminé recién. Y no me gusta. En fin, una porquería.

22.7.09

Intento fallido

Imagen: Sandra 3

«Caminaba por la calle sumido en sus pensamientos. Ajeno al frío que azotaba su rostro de ceño fruncido. Fumaba con tal concentración que parecía que dicho acto fuese lo más importante de su mundo. Y podía serlo... por qué no.
Pensaba en las ausencias que atormentaban su alma... se daba cuenta de que era el hueco que dejaban más que las personas ausentes lo que lastimaba su orgullo. Su vida era una gran colección de ausencias.
Escrutó la oscuridad. Faltaba poco. Palpó la llave en el bolsillo de su abrigo e intentó concentrarse en su itinerario. Era raro... no conocía el camino, pero sus pasos lo guiaban a su seguro destino, como si alguien escribiera sus actos detrás de un destartalado teclado. Porque debía ser uno bastante desvencijado, si era su vida lo que en él se escribía.
Hace diez años que vivo aquí y continúo siendo un extraño..., sonrió, con una ironía que se había hecho carne en él desde ya no recordaba cuándo.
Ya casi llegaba. Lo sentía en los huesos. Una especie de cosquilleo premonitor. No recordaba de dónde había salido la llave. Sabía tan sólo que estaba en su bolsillo y debía utilizarla en esa puerta. Esa noche, a esa hora, como si un designio supremo lo arrastrara hacia allí, como si no le quedase otra alternativa.

Cuando vislumbró el frente de la casa en penumbras, supo que había llegado. Arrojó la colilla en la zanja que bordeaba el cordón y sacó la llave que llevaba en el bolsillo.
El interior parecía estar a oscuras. De tanto en tanto un pálido fantasma de luz bailoteaba en algún punto de la vivienda.
Los fantasmas ya no lo asustaban. Su vida se hallaba poblada de ellos.
Se le cruzó por la mente llamar a la puerta, sin embargo aquel objeto metálico le quemaba entre los dedos, incitándolo a entrar sin más rodeos.
Introdujo la llave en la cerradura y al hacerla girar sintió una presencia que lo llamaba desde la penumbra. Empujó la puerta, haciéndola chirriar sobre sus goznes, abriéndose paso hacia la incertidumbre que atraía a todo su ser como un anzuelo.
¿Estaría soñando? Demasiado real era el sonido de la puerta al volver a cerrarse a sus espaldas como por encanto. Demasiado real el frío, la oscuridad, las ansias y ese llamado... ¿cómo podía sentirse llamado sin palabras?
La mortecina luz de una vela lo guiaba hacia esa habitación, esa misma de donde provenía la sensación de urgencia.
Con paso lento pero decidido, avanzó hacia su destino.
La luz era bastante débil, pero podía identificarse una figura femenina envuelta en sábanas en medio de la estancia. Su largo cabello negro contrastaba con la palidez de su piel y ondeaba a su alrededor en el viento que entraba por varias rendijas en las paredes, dándole un aspecto casi sobrenatural.
Lo reconoció con una sonrisa y abrió sus brazos en una invitación silenciosa.
Él se acercó con cautela, sintiendo algo extraño despertar en su interior. La miró a los ojos, se sintió caer dentro de ellos.
Era ella... pero no podía serlo... Ella, cualquier ella... una ausencia más de su colección. Pero una que podía ser un compendio de todas ellas.
Se acercó a la figura que lo esperaba quizá desde siempre.
Lo inundó de besos como rocío; toda ella olía a jazmines, a tierra húmeda y selva. Los ojos oscuros, desde el rostro de nácar, resplandecían de amor y deseo.
No pudo resistirse. La sensación de irrealidad persistía en su mente, pero sus sentidos no podían estar mintiendo. Estaba entre sus brazos, deseaba hacerla suya más que ninguna otra cosa.
Aquellas manos parecieron responder a sus órdenes y lo despojaron de su vestimenta con lenta solicitud, alimentando el fuego que atentaba con consumirlo.
Cuando sus cuerpos se unieron al fin, sintió que había nacido, crecido y vivido toda su existencia apuntando a ese único momento. Todo había valido la pena para alcanzar esa instancia de placer y completud que lo inundaba.
Cerró los ojos porque no soportaba la visión de tanta belleza. Las lágrimas cayeron sin remedio, sin vergüenza, sin dolor.
Escuchaba a su compañera compartiendo su mismo placer y no podía existir mejor música que aquella.
De pronto sus gemidos se confundieron con el sonido del viento, su cuerpo adquirió la liviandad del aire... el placer menguó hasta desaparecer.
Abrió los ojos para encontrarse con los brazos vacíos. Su soledad desnuda en una cama ajena y desconocida. No había nadie con él.
Después de unos minutos de desconcierto y desesperación, sus ojos se iluminaron con una furiosa comprensión.
Se dio vuelta buscando con la mirada el lugar donde sabía debía descargar su indignación, la cólera que le producía semejante estafa. Lo encontró, sus ojos acusadores se clavaron...»

...en mí. Tuve que abandonar el teclado y esconder el rostro entre mis manos ante la intensa e inesperada sensación de saberme descubierta.

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No se puede hacer lo que una quiere con el destino de los personajes... por más que queramos que sean finalmente felices, su esencia determina su destino :P

Fue muy gracioso escribir esto, porque lo primero que tuve fue el título y una idea que distaba bastante del resultado final. Comencé a escribir con esa idea inicial en la cabeza y a medida que avanzaba me convencía cada vez más de que no saldría lo que yo pretendía. Lo abandoné a la mitad o menos.
Esta mañana me levanté de un salto y me senté frente a la máquina porque ya sabía cuál era el desenlace correcto.
Y así salió :lol: Una cosa loca.
Ustedes dirán qué les parece :aww:

29.1.09

Premonición

Soñé que habías muerto. La angustia que se apoderó de mí al alba fue tan grande que las lágrimas resbalaron por mi rostro sin que pudiera controlarlas.
Estaba seguro de que había sido un sueño, pero tan vívido... que me pesaba en el pecho de sólo recordarlo.
Encima te hallabas lejos, qué peor jugarreta para mis sentidos que el no poder constatarte.
Intenté llamarte sin éxito. Necesitaba un leve atisbo de vos para poder tranquilizar mi espíritu y no podía obtenerlo. Decidí salir a caminar.
El mundo se había contagiado mi decadente ánimo. El cielo de un gris plomizo parecía a punto de derrumbarse sobre mí. Me encaminé hacia la playa. El mar era mi confidente desde que tenía memoria.
El viento soplaba contra mi cuerpo casi impidiéndome avanzar, la arena en los ojos me cegaba por completo. El mundo parecía haberse complotado para que mi alma no pudiese aliviarse.
El sonido del mar no ayudó más que a sentirme pequeño, y conmigo vos. Mis ojos cerrados me trajeron nuevamente las imágenes de pesadilla y tuve que correr hasta un teléfono para no enloquecer.
Por fin pude oír tu voz al otro lado. Y no fue suficiente para tranquilizarme. Te sentí lejana, ajena... distinta. Como si algo de vos hubiese muerto realmente en mi sueño. No supe qué hacer y corté la comunicación. No soportaba mis propias sospechas. No podía contra mi propia mente que me arrinconaba.
Te veía volver a morir una y otra vez; y con cada una de ellas mi certeza de que tu voz al otro lado de la línea no era la de la mujer que yo conocía y amaba, crecía a pasos agigantados.
La mañana siguiente me descubrió insomne mirando a través de la ventana. Los ojos enrojecidos me ardían de tanto llorar.
La azafata recibió temerosa el boleto de avión de las manos de un hombre desencajado. ¿Para qué molestarme en disculparme si jamás comprendería mi desesperación?
Llegué hasta el umbral de su casa y mi corazón latía desaforado. Rogué al cielo y al infierno equivocarme.
Sus ojos asustados se posaron en mí y me tendió una mano al reconocerme. Me abrazó como siempre, me llenó de preguntas.
Algo faltaba, algo era distinto, algo nunca más sería igual. Tuve que resignarme y hacer de tripas corazón ante su confundida mirada. Me hizo la promesa que le pedía, era la única manera de que yo pudiera tranquilizarme. Accedió a mi absurdo pedido, a mi irrealizable deseo, y la amé por ello. Porque después de todo, algo en su interior seguía estando conmigo.
Por favor no te mueras mientras yo esté despierto...

{Natalia Cáceres 27/1/09}

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:D Estoy contenta. Hacía rato que no escribía nada. Mucha inyección cortazariana dio resultado. Este cuento salió en base a una lista de pedidos de amigos sobre temas específicos. Este debía tratarse sobre la desolación. Surgió después de leer "Ahí pero dónde, cómo". Este cuento disparó una serie de imágenes que venían rondando mi mente desde hace tiempo.

La imagen se llama "Ausencia", es de aca y no podia venir mejor al caso ^^

23.11.08

Escondite


"No... no puede ser verdad...." quiso articular, pero las palabras no brotaban de sus labios. Así y todo era capaz de oírlas, parecían rebotar dentro de su mente como en una especie de cúpula.
Ante sus ojos se hallaba el más extraño bosque que hubiese podido remotamente imaginar. Los troncos de los árboles eran transparentes, semejantes al cristal. Sus hojas, finísimas filigranas plateadas colgaban aquí y allá.
Sentía temor de dar un paso o apoyarse en un lugar inadecuado y que todo se hiciera trizas en un segundo. Era tan bello el paisaje que sintió ganas de llorar.
Se internó con sumo cuidado entre la cristalina vegetación. La luna lo iluminaba todo como si hiciera falta realzar aún más lo irreal del lugar.
Pequeñas polillas formaban nubes inquietas arremolinándose por los rincones, queriendo esconderse sin lograrlo. La transparencia reinaba por sobre todas las cosas en aquel extraño paraje.
Por un momento se creyó perdida, cosa que no le preocupó en absoluto. Sentía que la inundaba una sensación de paz demasiado intensa para ser empañada. No lograba recordar cómo había llegado hasta allí ni dónde se hallaba inmediatamente antes. Era como si su memoria se hubiese borrado, como si entrar allí significase volver a nacer.
No supo cuánto tiempo vagabundeó extasiada, admirando cada nuevo detalle que descubría a su paso. La fauna del bosque consistía en animalitos demasiado fantásticos para que sus palabras lograran definirlos. Todos ellos poseían una descripción común pese a sus diferencias. "Fragilidad", pensó... "todo aquí es frágil, y sin embargo, irrompible".
En ese mismo instante un sonido inundó el silencio. La música de una flauta dulce deshizo el mutismo transformándolo en un hechizo encantador. No pudo más que buscar la proveniencia de tan irresistible llamado.
Se sentía sonámbula. Lo surreal de la escena la obligaba a intentar descubrir los detalles que le dieran la razón. Tenía que estar soñando, y sin embargo, no sentía deseos de despertar.
En medio del bosque de cristal, en un claro donde danzaban cientos de luciérnagas, se hallaba la fuente de la música que la hipnotizara.
Sentada sobre una piedra blanca, una niña vestida de blanco soplaba abstraída una flauta blanca. Arrancaba las notas como si fuesen una extensión de su propio ser.
Se sentó ante ella, delante de la piedra, y escuchó su canción. Observó sus ojos, dos monedas de plata, inundarse de lágrimas al posarse sobre su figura. El lánguido sonido de la flauta se tornó aún más dulce, si eso fuese posible.
Al silenciarse las notas, la niña le dedicó una sonrisa luminosa y le dio la bienvenida con los brazos abiertos.
-¡Mamá! Yo sabía que un día ibas a encontrar el camino para llegar hasta aquí...
Por unos segundos interminables, no comprendió qué sucedía. Entonces de a poco reconoció a la pequeña. Pero sólo atinó a preguntarse:
"¿Qué es este lugar?"
-Es donde me escondo.
"¿De qué te escondes?"
-Del mundo.
"¿Por qué?"
-Porque el mundo no está preparado para la fragilidad.
En ese momento no pudo contener las lágrimas.
-No llores, mamá... algún día lo estará, y entonces yo despertaré.
Se abrazaron con fuerza una vez más. Entonces la madre abrió los ojos y el mundo volvió a su lugar, junto con los recuerdos.
A su lado en una camilla, su hija en coma desde hacía quince años, le tomaba la mano. Una mano anegada de arrugas que el tiempo en este lado del mundo no lograba detener.
-Algún día, mi niña...-susurró acariciando sus cabellos sin creer del todo en sus propias palabras, pero queriendo... queriendo con toda su alma que fueran ciertas- Algún día...

24.1.07

Espejismos

"Aunque mires, no querrás ver jamás
Otra vez creí oirte llegar..."

(Reality show, Los Tipitos)


Su mente volvía a jugarle malas pasadas. Sentado en el banco de una plaza desierta creyó verla otra vez mientras anochecía.
La vislumbró con el rabillo del ojo, acercándose con lentitud, pero al girar la cabeza, ella ya no estaba.
Más tarde apareció sentada a su lado. Sonrió, fugaz, antes de desvanecerse en el aire.
Se tapó los ojos con ambas manos, se los oprimió con fuerza. Los nervios comenzaban a crispársele, y eso no debía suceder. Era un hombre tranquilo. Nada alteraba a un hombre tranquilo.
Separó las manos de su rostro y las observó intrigado, como si nunca las hubiese visto antes.
Manos que tan bien la conocían y que tanto la anhelaban.
La recordó en ayeres más apacibles, su desnudez extendida sobre las sábanas. Se recordó paseándose por por la vía lunar de su espalda como un demente sin rumbo, con la sensación de que podría morir feliz sólo caminando en círculos por aquella blanquecina piel.
Entonces recordó el precipicio... y apretó los puños con demasiada fuerza. Sus nudillos empalidecieron y las uñas horadaron la piel de sus palmas.
Se obligó a serenarse. Controló la respiración y volvió a ser un hombre tranquilo.
No quería pensar en el precipicio.
Paseó la vista por las hojas de los árboles humedecidas de rocío. La recordó tal como era al principio, antes de todo; con aquella mirada insostenible y esa risa sana, contagiosa.
En aquel entonces él ya era un hombre tranquilo, pero habia algo en esa mujer que lo perturbaba... lo estremecía. Quizás porque intuía de qué era ella capaz. Quizás porque supo que no podría evitar amarla. Tal vez porque intuyó su etereidad.
Pasó un tiempo antes que ella se decidiera a besarlo. Un tiempo de juegos, palabras e insinuaciones que creaba un ardiente vacío entre los dos, en el que se iban precipitando lentamente. Pero ambos podrían haberse derretido allí dentro sino fuese porque ella se decidió a besarlo.
Sólo entonces él se animó a tomarla de la mano, llevarla hasta su cama y hacerla suya. Bueno, suya, de prestado. Había entre ellos un tácito acuerdo de sexo sin amor y sin cadenas que los hacía momentáneamente libres.
Suya. Él quiso creer que al menos esa primera vez había sido suya de verdad. Y quizás así fuera, él nunca lo sabrá.
Pero se contentaba conque esos ojos de mirada insostenible lo miraran con deseo como nunca antes mujer alguna. Que aquella boca de risa fácil besara su cuerpo virgen, que aferrado a esas caderas y con los dedos de ella clavándose en su espalda, llegara al éxtasis para luego hundir el rostro en los cabellos desparramados sobre la almohada. Una almohada que nunca más sería la misma.
Suya, sí, esa primera noche había sido suya.
Sintió el banco de la plaza demasiado frío.
Allí estaba ella de nuevo. Tan cerca... casi podía perderse en sus ojos, casi podía dejar que lo besara y todo volvería a comenzar, y podría ser suya nuevamente por esa única vez.
Pero eran sólo espejismos. Estaba solo con su deseo y su desesperación.
Después de aquella noche volvieron a verse muchas veces. No tantas como él hubiese querido, pero era ella quien al final pautaba los cuándo, los cuánto y los cómo.
Hubo un día en que lo único permitido fueron caricias silenciosas. Y ella con ojos ausentes pretendía estar en otra parte. Hasta que amenazaron las lágrimas y tuvo que volver. Entonces lo besó, se vistió y se fue.
Pese al tácito acuerdo, él de alguna extraña manera la amaba. Estaba seguro de que ella amaba a alguien más sin ser correspondida, y por morboso que pudiera creerse, eso lo regocijaba.
Hasta que las visitas nocturnas fueron espaciándose cada vez más.
Su habitación se tornó hostil por las noches y ya no pudo dormir.
No podía buscarla. No sabía dónde. La llamó sin tregua hasta que ella accedió a encontrarlo en un café, el mismo donde se habian visto la primera vez.
En cuanto la vio entrar supo que la habia perdido. Aquellos ojos ya no se clavaban en los suyos, abrazándolos, sino que se habían tornado huidizos. Casi no sonreía y estudiaba el reloj con obsesiva frecuencia.
Cruzaron muy pocas palabras y miradas. Cuando el café se acabó ya no hubo más que hacer... y ella se levantó para irse. Él la sujetó de la mano y la obligó a mirarlo. La súplica en sus ojos lo dijo todo. Su sonrisa pedía perdón. Él no quiso perdonar, no quiso su compasión. La dejó ir.
Luego de un rato, la siguió. La vio con aquél que la arrastraba por caminos lejanos. La vio besar y abrazar como nunca lo habia besado ni abrazado. Eran las reglas. Y él era un hombre tranquilo.
Pasaron unas semanas de insoportable ausencia. Fue después de sumergirse en profundos abismos y volver a animarse a asomar al mundo, que unos quedos golpes en la puerta lo inquietaron sin razón.
Recibió un par de ojos anegados de llanto y no supo qué hacer. Su recompensa fue una infinidad de besos salados. Se despojaron de sus ropas con desesperación, como si el mundo estuviera por explotar y no los esperase ni un segundo.
Desgarradoras caricias y abrasadores besos poblaron la noche. Jamás la pasión los había embriagado de esa manera, se aferraron el uno al otro como náufragos desesperados en medio de la tormenta. Y al llegar la calma, la confusión descendió sobre él como una niebla helada poblada de preguntas.
Sus manos sobrevolaron la desnudez de aquella espalda infinita mientras ella dormía a su lado. Recorrieron valles y hondonadas sin cansarse hasta que una voz somnolienta pronunció un nombre que no era el suyo. Entonces se desmoronaron por el precipicio.
La negrura lo tragó por completo. Y ahora, sentado en el banco de una plaza desierta, creía verla aparecer teniendo la certeza de que ello no era posible.
Se miró las manos una vez más... aún anhelaba su contacto... y una tristeza enorme lo embargó.
Recordó su mirada insostenible... su risa fresca... Ya no era suya. Ya jamás lo sería, la había perdido desde mucho antes que ese último café.
Una sirena sonó en la noche. Venían por él.
No era suya pero no sería de nadie más...Se miró las manos y sintió un escalofrío.
No iba a resistirse. Era un hombre tranquilo.

22.8.05

Libertad.

Incurables ansias de conquista inquietaban sus manos, ocultas en los vacíos bolsillos de su delantal.
Se mordisqueaba los labios con un nerviosismo traidor que delataba sus intenciones.
Una mirada afiebrada escapaba de sus enormes ojos color miel y vigilaba el terreno con una minuciosidad propia de un cazador profesional.
En cuanto vio la oportunidad que esperaba, se lanzó en silencio sobre su colorida presa.
Malena, ladrona principiante de cinco años de edad, se aferró con sus dos manitos sudorosas a la reluciente paleta que sobresalía de la ventana del kiosco.
Corrió lo más rápido que pudo, con dos trenzas volando detrás y el rostro enrojecido de sol, culpa y regocijo entremezclados.
A la sombra de un árbol gigantesco saboreó su botín con una sonrisa pegajosa que no se preocupaba de consecuencias, precios ni caries.

13.11.04

Dudoso suceso.

El joven rascó la punta de su nariz, arrancando un pedazo de duda endurecida. La miró un rato con aire distraído, sopesándola en el hueco de su palma para luego arrojarla sobre la vereda y alejarse, visiblemente más liviano.
El pequeño fragmento quedó oscilando en el borde del cordón de la vereda, de donde lo recogió una paloma que lo confundió con una miga de pan duro.
Levantó vuelo, llevándolo en su pico hasta una terraza donde casi choca con un gato negro que la obligó a soltarlo y pudo escapar rauda y veloz.
El gato jugó un rato con el vestigio de duda, haciéndolo rodar por el asfalto hasta que se enganchó en una de sus uñas.
El felino se incorporó y se lanzó escaleras abajo con ojos preocupados.
Un perro lo interceptó en una esquina y comenzó a ladrarle divertido. El gato, con un zarpazo amenazante perdió el trozo de duda y volvió a su terraza a desperezarse al sol.
El perro olfateó el objeto, extraño a sus ojos perrunos, enredándolo en sus bigotes desprevenidos. Al instante se echó a correr enloquecido durante largas, interminables cuadras. Se escabulló en un patio trasero, bebió desesperado agua de la piscina y volvió a las calles moviendo la cola.
La porción de duda se diluyó en el agua verdosa y calma sin demasiado espamento.
Horas más tarde, el joven salió al jardín trasero a regar el pasto. Despreocupado y un tanto incauto tropezó con la manguera, precipitándose en las profundidades de la piscina.
Por algún extraño artificio del destino, no pudo mantenerse a flote y halló la muerte en el verdoso fondo, ahogado sin remedio en su propia duda. Mientras, lento y silencioso, un grupo de certezas se amontonaba en el borde de la pileta a observarlo con morbosa curiosidad.