
Fermín estaba en el patio trasero de su casa recogiendo la
basura que había desparramado ese maldito perro, puteando para sus adentros a
su padre por obligarlo a juntar el desastre que había hecho su mascota y
deseando estar en cualquier otra parte en ese momento. Con el rabillo del ojo
captó algo raro en el cielo y por un instante una luz cegadora pareció
envolverlo por completo y desorientarlo, pero entonces la sensación pasó y él
encontró la excusa perfecta para dejar de lado sus obligaciones.
Un haz de luz rasgaba el cielo, caía en dirección a los montes donde terminaba
el terreno de los Jiménez. Fermín dejó todo como estaba y corrió hacia donde
apuntaba la luz en el cielo mientras Fox ladraba desaforado intentando
liberarse de la correa para alcanzar a su dueño.
Comenzaba a anochecer en el pueblo y supuso que toda la gente se hallaba ya en
sus casas, preparando la cena, mirando la televisión o dándose una ducha luego
de una extenuante jornada laboral. Nadie reparó en la luz en el cielo y mucho
menos en el adolescente desgarbado que corría hacia ella como si la misión más
importante de su vida fuese llegar allí antes de que tocara la tierra.
Corrió entre casas y árboles, entre postes y bicicletas, corrió a campo
traviesa cuando las viviendas quedaron atrás, iba con la mirada fija en el
cielo para no perder de vista su objetivo que avanzaba lenta pero inexorablemente
siempre más adelante, inalcanzable. Quería presenciar el momento en que se
estrellara contra la tierra, poder ver el hueco que abriera con el impacto,
sentir en su cuerpo la vibración que tal colisión ocasionara. Dejó atrás uno de
los montes y se dio cuenta de que había subestimado la distancia, caería mucho
más lejos de lo que había creído en un primer momento, así que exigió a sus
piernas un poco más e incrementó la velocidad.
Parecía no haber estrellas esa noche, los grillos andaban mudos y habiéndose
alejado del pueblo ya casi no oía más sonido que el de su propia respiración
agitada. Cada tanto un extraño zumbido invadía su cabeza pero él parecía solamente
interesado en correr hacia el punto de impacto de aquel cuerpo cayendo, como si alcanzarlo fuese lo único relevante
en el mundo. El meteorito nunca terminaba de caer y Fermín no dejaba nunca de
correr, aunque tampoco se sentía cansado.
El recinto era blanco y luminoso, sin embargo las pupilas de Fermín se hallaban
muy dilatadas, su mirada se perdía en un punto fijo cercano al techo donde no
parecía haber absolutamente nada. Sus piernas se movían a una velocidad increíble
para un ser humano, pero no iba a ninguna parte. Una especie de arnés lo
sujetaba por la cintura, incrustándole en el torso toda clase de cables y
mangueras con líquidos de colores que entraban y salían de su cuerpo. El arnés
estaba unido a una máquina por medio de un brazo mecánico del mismo blanco impoluto
que el resto del recinto y lo mantenía suspendido sobre una suerte de cinta de
correr transparente que se iba adaptando al trayecto que las piernas creían
transitar. La máquina llena de displays monitoreaba cuerpo y mente del sujeto
de pruebas, arrojaba datos en un lenguaje que ningún terrícola hubiese logrado
descifrar. Muy concentrado en la lectura
dichos displays se encontraba un ser que podía confundirse con el resto de la
habitación, era de un color blanquecino casi transparente, muy flaco y de
largas extremidades que terminaban en tres dedos. Parecía sumido en un profundo
letargo mientras observaba los signos que se sucedían sin cesar. Un segundo
ser, muy parecido a este pero un poco más alto y menos translúcido, regulaba
los fluidos suministrados mediante el arnés. Al otro lado de la máquina el
último de los entes, casi redondo y luminoso, recogía los fluidos de diferentes
colores extraídos del humano, los libaba mediante una especie de tubo de vidrio
y, tras un breve período de degustación, hacía anotaciones en un teclado
flotante.
Fermín continuaba corriendo con la vista clavada en el meteorito que nunca
terminaba de caer y de pronto comenzó a sentir como si su cuerpo fuera más
pesado, sin embargo su marcha no disminuía. Un atisbo de ansiedad, diferente de
la que lo impulsara a correr, se coló por un resquicio de su mente. Cayó en la
cuenta de que oía ladridos cuando no debía hacerlo, con la distancia que había
recorrido desde su casa era imposible que Fox estuviera cerca a menos que
hubiese cortado la cadena para ir tras él. Era su perro sin lugar a dudas,
reconocería sus ladridos toscos en cualquier parte. ¿Y si Fox llegaba antes que
él al lugar del impacto del meteorito? La idea de que su perro pudiera morir
aplastado por ir tras él hizo que sus piernas se sintieran de goma, apuró más
el paso para asegurarse de encontrar a su mascota para llevarlo de vuelta a
casa.
El ser que leía los datos del display levantó la vista preocupado y reprodujo
un par de sonidos borboteantes. El encargado de suministrar los fluidos accionó
un par de teclas y un líquido color rojo ascendió por las mangueras e ingresó
en el organismo del sujeto. El extractor llenó una probeta con un líquido
azulado, lo miró unos segundos con ojos brillantes y procedió a libar de él sin
oír los apremiantes sonidos que reproducían sus colegas. Instantes después sus
ojos desbordaban el líquido azul sin cesar, contagiando a sus compañeros que
con los ojos empañados por el llanto no podían desempeñar sus funciones
correctamente y tuvieron que abortar el experimento.
Fermín sintió los lengüetazos de su perro en la cara y se alegró de haberlo
encontrado antes de que el meteorito lo hiciera. Abrió los ojos y se encontró
en el patio de su casa, junto al tacho de basura, a su lado Fox ladraba
contento y la cadena tintineaba con cada tirón que el perrazo le daba para
acercarse más a su dueño. Fermín se levantó y todo el cansancio del mundo se
apoderó de su cuerpo, elevó la vista al cielo y se rascó la cabeza confundido.
Suspiró, terminó de juntar la basura y la metió al tacho. Con las pocas fuerzas
que le quedaban, liberó a Fox y lo llevó consigo a su habitación. Lo primero
que hizo el perro fue acomodarse en su cama, Fermín sonrió y se acostó a su
lado. No tenía idea de lo que había sucedido esa noche ni por qué había temido
tanto por ese animal pero mientras se sumía en un sueño profundo una parte de
su mente le susurró que había sido el perro quien le había salvado la vida a
él. Fuera cual fuese la verdad, permanecería allá afuera, ahí adentro sólo
quedaba su mutuo amor incondicional, y eso era más que suficiente.