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22.6.14

5 - La última pieza.


El sonido fue ensordecedor, Octavio parpadeó repetidas veces mientras una absurda sucesión de teorías atropellaba su mente, paseó la vista por la plaza debajo suyo buscando un cuerpo desplomado y la consiguiente escena de pánico en que todos comenzaban a correr alejándose del cadáver. Nadie. Claro que no, no tenía sentido, si todavía no apretaba el gatillo ni una sola vez, no había elegido cuál sería su primer víctima del día. Sin embargo las palomas habían volado espantadas, no había sido fruto de su imaginación. El vuelo de las palomas formaba parte del ritual, igual que los gritos, las corridas, la gente cayendo como moscas, era su ritual, sabía cómo llevarlo a cabo, era lo mejor que sabía hacer… pero esta vez era distinto, el  rompecabezas se armaba solo y él no encajaba las piezas.
Entonces olió la pólvora y el dolor lo golpeó de imprevisto, sintió la sangre caliente resbalando por la sien y cayó sobre su costado intentando enfocar la vista en la figura que proyectaba una sombra encima de él. Tosió y el dolor hizo estallar el mundo, el gusto a sangre en la boca le produjo arcadas. No podía ser quien creía, él estaba en una cama, muriendo, como todo el mundo pero aceleradamente, no podía estar allí a su lado… no podía haberle disparado… no tenía las fuerzas suficientes y tampoco le importaban sus acciones, nunca le habían importado.
-Alguien tenía que hacerlo, alguien… tenía que detenerte. Ya está, todo estará bien ahora, hijo, no volveré a dejarte solo, vamos a casa...- la figura se sentó a su lado temblando por el esfuerzo y le sostuvo la cabeza entre los brazos hasta que los ojos de ambos se fueron apagando mientras las lágrimas se entremezclaban con la sangre.

4 - En el lugar exacto.

Imagen: meteor

Fermín estaba en el patio trasero de su casa recogiendo la basura que había desparramado ese maldito perro, puteando para sus adentros a su padre por obligarlo a juntar el desastre que había hecho su mascota y deseando estar en cualquier otra parte en ese momento. Con el rabillo del ojo captó algo raro en el cielo y por un instante una luz cegadora pareció envolverlo por completo y desorientarlo, pero entonces la sensación pasó y él encontró la excusa perfecta para dejar de lado sus obligaciones.
Un haz de luz rasgaba el cielo, caía en dirección a los montes donde terminaba el terreno de los Jiménez. Fermín dejó todo como estaba y corrió hacia donde apuntaba la luz en el cielo mientras Fox ladraba desaforado intentando liberarse de la correa para alcanzar a su dueño.
Comenzaba a anochecer en el pueblo y supuso que toda la gente se hallaba ya en sus casas, preparando la cena, mirando la televisión o dándose una ducha luego de una extenuante jornada laboral. Nadie reparó en la luz en el cielo y mucho menos en el adolescente desgarbado que corría hacia ella como si la misión más importante de su vida fuese llegar allí antes de que tocara la tierra.
Corrió entre casas y árboles, entre postes y bicicletas, corrió a campo traviesa cuando las viviendas quedaron atrás, iba con la mirada fija en el cielo para no perder de vista su objetivo que avanzaba lenta pero inexorablemente siempre más adelante, inalcanzable. Quería presenciar el momento en que se estrellara contra la tierra, poder ver el hueco que abriera con el impacto, sentir en su cuerpo la vibración que tal colisión ocasionara. Dejó atrás uno de los montes y se dio cuenta de que había subestimado la distancia, caería mucho más lejos de lo que había creído en un primer momento, así que exigió a sus piernas un poco más e incrementó la velocidad.
Parecía no haber estrellas esa noche, los grillos andaban mudos y habiéndose alejado del pueblo ya casi no oía más sonido que el de su propia respiración agitada. Cada tanto un extraño zumbido invadía su cabeza pero él parecía solamente interesado en correr hacia el punto de impacto de aquel cuerpo  cayendo, como si alcanzarlo fuese lo único relevante en el mundo. El meteorito nunca terminaba de caer y Fermín no dejaba nunca de correr, aunque tampoco se sentía cansado.

El recinto era blanco y luminoso, sin embargo las pupilas de Fermín se hallaban muy dilatadas, su mirada se perdía en un punto fijo cercano al techo donde no parecía haber absolutamente nada. Sus piernas se movían a una velocidad increíble para un ser humano, pero no iba a ninguna parte. Una especie de arnés lo sujetaba por la cintura, incrustándole en el torso toda clase de cables y mangueras con líquidos de colores que entraban y salían de su cuerpo. El arnés estaba unido a una máquina por medio de un brazo mecánico del mismo blanco impoluto que el resto del recinto y lo mantenía suspendido sobre una suerte de cinta de correr transparente que se iba adaptando al trayecto que las piernas creían transitar. La máquina llena de displays monitoreaba cuerpo y mente del sujeto de pruebas, arrojaba datos en un lenguaje que ningún terrícola hubiese logrado descifrar.  Muy concentrado en la lectura dichos displays se encontraba un ser que podía confundirse con el resto de la habitación, era de un color blanquecino casi transparente, muy flaco y de largas extremidades que terminaban en tres dedos. Parecía sumido en un profundo letargo mientras observaba los signos que se sucedían sin cesar. Un segundo ser, muy parecido a este pero un poco más alto y menos translúcido, regulaba los fluidos suministrados mediante el arnés. Al otro lado de la máquina el último de los entes, casi redondo y luminoso, recogía los fluidos de diferentes colores extraídos del humano, los libaba mediante una especie de tubo de vidrio y, tras un breve período de degustación, hacía anotaciones en un teclado flotante.

Fermín continuaba corriendo con la vista clavada en el meteorito que nunca terminaba de caer y de pronto comenzó a sentir como si su cuerpo fuera más pesado, sin embargo su marcha no disminuía. Un atisbo de ansiedad, diferente de la que lo impulsara a correr, se coló por un resquicio de su mente. Cayó en la cuenta de que oía ladridos cuando no debía hacerlo, con la distancia que había recorrido desde su casa era imposible que Fox estuviera cerca a menos que hubiese cortado la cadena para ir tras él. Era su perro sin lugar a dudas, reconocería sus ladridos toscos en cualquier parte. ¿Y si Fox llegaba antes que él al lugar del impacto del meteorito? La idea de que su perro pudiera morir aplastado por ir tras él hizo que sus piernas se sintieran de goma, apuró más el paso para asegurarse de encontrar a su mascota para llevarlo de vuelta a casa.

El ser que leía los datos del display levantó la vista preocupado y reprodujo un par de sonidos borboteantes. El encargado de suministrar los fluidos accionó un par de teclas y un líquido color rojo ascendió por las mangueras e ingresó en el organismo del sujeto. El extractor llenó una probeta con un líquido azulado, lo miró unos segundos con ojos brillantes y procedió a libar de él sin oír los apremiantes sonidos que reproducían sus colegas. Instantes después sus ojos desbordaban el líquido azul sin cesar, contagiando a sus compañeros que con los ojos empañados por el llanto no podían desempeñar sus funciones correctamente y tuvieron que abortar el experimento.

Fermín sintió los lengüetazos de su perro en la cara y se alegró de haberlo encontrado antes de que el meteorito lo hiciera. Abrió los ojos y se encontró en el patio de su casa, junto al tacho de basura, a su lado Fox ladraba contento y la cadena tintineaba con cada tirón que el perrazo le daba para acercarse más a su dueño. Fermín se levantó y todo el cansancio del mundo se apoderó de su cuerpo, elevó la vista al cielo y se rascó la cabeza confundido. Suspiró, terminó de juntar la basura y la metió al tacho. Con las pocas fuerzas que le quedaban, liberó a Fox y lo llevó consigo a su habitación. Lo primero que hizo el perro fue acomodarse en su cama, Fermín sonrió y se acostó a su lado. No tenía idea de lo que había sucedido esa noche ni por qué había temido tanto por ese animal pero mientras se sumía en un sueño profundo una parte de su mente le susurró que había sido el perro quien le había salvado la vida a él. Fuera cual fuese la verdad, permanecería allá afuera, ahí adentro sólo quedaba su mutuo amor incondicional, y eso era más que suficiente.

3 - De llaves y puertas cerradas.


Levantó todos los almohadones del sillón, revisó cada uno de los bolsillos de los abrigos colgados del perchero, revisó debajo de la alfombra, dentro de los zapatos, hasta en la heladera. No hubo caso, las llaves iban a ganar a las escondidas esta vez y se quedaría sin poder salir, con el vestido puesto y apestando a perfume. Se sentó en el sillón de almohadones desordenados, apoyó los pies sobre la mesa ratona, los zapatos de taco alto huyeron despavoridos rumbo a la alfombra y un bucle se balanceó como un péndulo delante de sus ojos delineados. Se sentía estúpida encerrada en su propia casa. En cualquier momento aparecería Gustavo en la puerta para llevarla a cenar y ya había arruinado su cuarta cita sin siquiera abrir la puerta… o precisamente por eso.
Presa de una rabia lenta y pesada, dio vuelta la cartera para vaciar todo su contenido sobre los almohadones, ya no buscaba las llaves, necesitaba el teléfono y una excelente excusa para cancelar la cita a último momento. No quería hacerlo, Gustavo le gustaba demasiado para dar un paso atrás después de avanzar y avanzar… pensar que esa noche había decidido acostarse con él.
Miró la hora: diez menos cuarto. Tenía quince minutos para salir de la casa y esperarlo en la puerta, ya planearía qué hacer a la vuelta, llamar un cerrajero, meterse por una ventana… quizás ni siquiera regresara. Ese pensamiento la alentó lo suficiente para volver a ponerse los tacos, juntó las cosas desparramadas por el sillón, pasó frente al espejo para acomodarse el pelo y revisar el maquillaje.  Durante unos segundos respiró hondo y suspiró, no se reconocía en el espejo, tanta producción para agradarle a un tipo que le cayó más que bien de entrada… ¿valdría la pena? Se alejó del espejo antes de  que las dudas la asaltaran y el timbre la sorprendiera anunciando la inevitable cancelación de la cita.
Las ventanas de la planta baja poseían rejas, imposible escapar por una de ellas, subió las escaleras hacia el primer piso, se asomó por la ventana de su habitación para ver el automóvil de Gustavo a pocas cuadras y desesperó. Unos metros delante de ella el único árbol cercano extendía una de sus ramas hasta la ventana como un brazo ofreciendo su ayuda. No se permitió dudarlo, se sacó los zapatos, los arrojó al jardín junto con la cartera, se encaramó en la rama y lenta pero segura avanzó hacia la copa del árbol, enorme y oscura. Una vez allí, una oleada de recuerdos la asaltó de improviso, no quiso rendirse a ellos, se obligó a bajarse y a pensar en otra cosa hasta que sintió el pasto humedeciéndole los pies. El corazón le latía enloquecido, las lágrimas rodaban por sus mejillas y Gustavo la observaba con sus enormes ojos oscuros sosteniendo en una mano sus zapatos de taco alto.
Ella no supo qué hacer así que se quedó allí parada, con el vestido levantado, el maquillaje corrido, el cabello alborotado y un rasguño en la rodilla de donde podía sentir la sangre bajando por su piel.
-Hola… perdí las llaves- fue lo único que supo articular y una carcajada se escapó de sus labios.
Gustavo se acercó, le tocó la mejilla húmeda con surcos negros dibujados por el rímel, apartó el bucle que pretendía ocultar cuánto brillaban sus ojos y la besó sin mediar palabra.
-Estás hermosa. -dijo cuando pudo dejar de besarla.- ¿Tenemos que salir a algún lado?
Ella volvió a reír y comenzó a subir por la desvencijada escalera oculta tras el tronco del árbol, cuando estuvo arriba lo ayudó a trepar los últimos escalones. Los ojos de Gustavo se iluminaron al descubrir la casa del árbol abandonada hacía años pero que tenía un efecto mágico en la mujer sentada a su lado, que parecía una niña emocionada. El lugar resaltaba esa sensibilidad y sencillez que tanto le gustaban y que ella se empeñaba en ocultar. Sacó un pañuelo del bolsillo y le secó la sangre de la rodilla mientras observaba divertido sus labios inquietos contándole historias de su infancia, inmensas aventuras pobladas de misterios, amigos y colores. Sentía unas inmensas ganas de hacerle el amor allí mismo, pero qué apuro había, tenían todo el tiempo del mundo porque desde esa noche tuvo la certeza de que nunca la dejaría escapar de su lado.

2 - Gemido



Imagen: Red

Levantó la vista conmocionada, con un suspiro entrecortado y el pecho retumbando por dentro. Él no se había fijado en ella y eso era bueno, no podría soportar la vergüenza de saber que la estaba mirando mientras alcanzaba ese orgasmo dulce y silencioso con sólo imaginar que sus manos la estaban acariciando.

1 - Duendes de Jardín.



El viento soplaba con una fuerza inquietante, las hojas aún verdes se sacudían aterrorizadas mientras que las secas se dejaban arrastrar sin resistencia alguna. En medio del jardín, un pozo oculto por piedras y pequeños troncos estaba a punto de quedar al descubierto. Una enorme hoja seca revoloteó un instante sobre el agujero para luego continuar viaje hacia donde el viento la quisiera llevar, pero en el segundo definitivo, una diminuta mano se asomó, aferrándola por el tallo y la introdujo a medias en la tierra, luchando por mantenerla en ese lugar sin que se rompiera.
Grof, el rechoncho Duende Guardián del Jardín 84, sudaba y resoplaba luchando con la hoja seca que no quería oficiar de camuflaje para su guarida. Pensaba en el tiempo que le había tomado juntar las piedras, los troncos, acomodarlos para que parecieran naturales, mirar desde todos los ángulos imaginables para saber con certeza que no podrían hallar la entrada ningunos ojos curiosos… y ahora por culpa del maldito viento todo ese trabajo había sido en vano.
El tallo de la hoja se quebró entre sus dedos y la parte superior salió volando arrebatada por la furia del viento.
Grof cayó sentado, refunfuñando entre dientes con el tallo seco aún entre las manos y los pelos blancos de la cabeza y la barba revoloteando sin control. Eso le recordó que su sombrero había desaparecido dos días atrás y su mal humor se intensificó. Se quedó allí sentado, odiando el clima, a los ladrones de sombreros y al perro del vecino (ya no recordaba por qué, pero el odio no se diluía con la razón del mismo), suponiendo que debía tapar la entrada de su hogar hasta que pasara la tormenta. Ya no importaba ser descubierto, nadie en su sano juicio hurgaría el jardín en pleno temporal, pero no quería despertar en mitad de la noche flotando en el agua helada, así que se levantó con gran esfuerzo, trepó por la escalinata de piedritas minuciosamente acomodadas y a mitad de camino se detuvo asombrado. Entre medio de dos escalones asomaba un retazo de tela color verde manzana, flameaba con el viento como si lo estuviera saludando. Lo aferró entre sus dedos y lo acercó a su rostro ceñudo, lo olió con una profunda inspiración para terminar de convencerse. Olía a manzanas verdes. El único jardín del barrio con un manzano era el 82 y Milos, su Duende Guardián, vestía ropas de ese color.
Ahora sí que Grof estaba furioso, indignado, colérico. Se olvidó del viento que amenazaba con hacerlo volar por los aires mientras salía de su guarida, se olvidó de la inminente tormenta que empaparía su lecho de hojas seleccionadas especialmente para soñar con nogales y se olvidó de que odiaba al perro del vecino hasta que éste lo correteó por todo el Jardín 83 a medida que lo atravesaba para llegar al siguiente. Cruzó el cerco hacia el 82 y se detuvo un momento para recobrar el aliento mientras veía las hojas del manzano bailotear la danza del viento y buscaba con la vista la entrada de la guarida de Milos oculta por las raíces del árbol. En cuanto la ubicó, se enderezó y avanzó hacia allí con determinación.
Asomó la cabeza en el hueco apenas disimulado por las raíces, encontró los peldaños y comenzó a descender barajando en su mente sus futuras acciones. En el camino encontró carreteles de hilos de todos los colores, retazos de telas, botones amontonados… ya imaginaba su sombrero mutilado, el rostro de Grof se estaba poniendo morado, igual que el resto de su vestimenta. Vislumbró la figura de Milos de espaldas muy concentrado en la tarea que estuviera llevando a cabo, se acercó un poco más con la vista clavada en el Duende Ladrón de Sombreros y al pararse sobre una ramita seca que el viento había arrastrado hasta esas profundidades, la quebró con su inevitable sonido delator. Milos se dio vuelta y al reconocerlo una gran sonrisa le iluminó la cara, confundiendo a Grof y haciendo que se atragantara con su enojo al punto de no poder ni siquiera gesticular. El Duende verde manzana del Jardín 82 no le dio tiempo para salir de su estupor, lo agarró de un brazo y lo llevó arrastrándolo detrás de si al tiempo que pegaba saltitos entusiasmados hasta la salida de la guarida. Una vez afuera lo empujó con mucha insistencia hasta que logró que trepara con él hasta la copa del manzano, entonces se sentó en una rama, lo invitó a hacer lo mismo y esperó.
 El viento acariciaba el rostro de Grof enmarcado en sus pelos danzantes que le recordaron la ausencia de sombrero, pero la curiosidad pudo más y terminó sentándose al lado del Ladrón que parecía tener algo que confesar. Milos sacó de entre sus ropajes un sombrero color morado casi idéntico al suyo pero con algunas modificaciones y antes de que Grof pudiera retomar el enojo se lo puso en la cabeza y con un par de movimientos veloces sacó del interior del mismo una especie de tiras que procedió a atar en los hombros y axilas del anonadado Duende.
Cuando terminó tampoco le dio tiempo a reaccionar, con una enorme sonrisa y los ojos brillantes por la emoción, Milos se puso de pie y saltó del manzano. Grof no pudo hacer más que retener el aliento y asomarse para ver la espantosa muerte que sería el final del Ladrón de Sombreros, le parecía un castigo absurdamente desproporcionado, teniendo en cuenta que le había devuelto el sombrero… o casi… entonces se quedó boquiabierto. El sombrero verde manzana se abrió de pronto como el capullo de una flor que fue arrastrada por el viento unos metros y entonces  Milos aterrizó lenta y graciosamente sobre las hojas secas desparramadas por el césped riendo como un demente.
Grof no podía salir de su estupor, el corazón le latía salvajemente en el pecho. Cuando Milos terminó de reír y comenzó a hacerle señas para que lo imitara, el miedo lo paralizó. Miró hacia abajo, la altura era considerable, el viento soplaba con mucha fuerza, el perro del vecino le ladraba a través de la reja y una tormenta se avecinaba… debía regresar a su Jardín, tapar la entrada de su guarida para que no se llenara de agua, lentamente el ceño volvió a arrugarse devolviéndole el gesto habitual en su rostro. Sus ojos se posaron en Milos, que parecía rebosante de alegría y despreocupación, pensar que había venido dispuesto a golpear ese rostro… cerró los ojos y sin pensarlo dos veces saltó al vacío. El viento infló su nuevo sombrero como si fuera un paraguas y tuvo que mirar. El jardín bailaba a su alrededor, las flores lo saludaban como a una más de ellas, el perro seguía ladrando pero sin dejar de mover la cola, las hojas secas se arremolinaban en su entorno y volar era tan hermoso que cuando sus pies tocaron el suelo se sintió extraño. Sus ojos se encontraron con los de Milos brillando agradecidos de emoción y su próximo movimiento fue inconsciente, la risa se apoderó de su cuerpo pero eso no le impediría ganar la carrera de vuelta a la copa del manzano todas la veces que fuera necesario para hasta que sus pies se olvidaran que lo natural era estar en contacto con el suelo.

18.2.14

Reflejos desiguales


Imagen: Reflection

El sonido del motor lo había hecho girar la cabeza, una pelirroja montada en una Harley le robó una sonrisa, el sol lo obligó a bajar la vista y fue entonces, cuando vio el reflejo en el agua que corría junto al cordón, que su rostro se transformó en una mueca que no fue reproducida por aquella figura que lo observaba. Huyó aterrorizado. El reflejo que lo había mirado desde el otro lado no era humano, era una cosa monstruosa con algo de anfibio, y había clavado sus ojos en él.
A medida que avanzaba, no podía evitar que su mirada desobedeciera a su voluntad de no querer saber más nada con eso, de no desear toparse de nuevo con aquella figura, y así fue como a lo largo del camino cada superficie reflectante le mostraba aquel rostro que parecía buscarlo con ansias.
Corrió hasta que las piernas fueron como fuego, hasta que la cabeza latió con fuerza y el aire dolió en la garganta reseca. Aterrado, se encerró donde pudo, lejos de cualquier superficie que pudiera mostrarle aquel ente inhumano que se empeñaba en alcanzarlo. Su parte racional intentaba prevalecer, lo que acababa de suceder era imposible, su mente debía haberle jugado una broma pesada… pero muy dentro suyo sabía que no era cierto, la familiaridad ansiosa de esos ojos sin párpados estaba taladrando un rincón de su interior que comenzaba a doler de una manera muy singular. Abrazó sus piernas con fuerza y un sollozo explotó en su garganta, deseó más que nunca no estar solo en el mundo para poder pedir ayuda.

Muy lejos de allí, por más que le pareciera tan cerca en ese momento, un joven ankiliano estaba tan entusiasmado que no sabía si reír, gritar o llorar, lo único que atinaba a hacer compulsivamente era lamerse los ojos sin descanso. Corría lo más rápido que le era posible hacia la madriguera de su madre para trasmitirle lo que acababa de ver. Sí, era cierto que las escamas parecían habérsele suavizado hasta convertirse en otra cosa, y el pelaje que le crecía en ciertas partes de la cabeza le había dado un poco de impresión, pero el parecido era notable, hasta la mueca de asombro al cruzarse sus miradas le recordó a su padre. Por alguna extraña conjunción de realidades, dimensiones, brujerías -su cerebro no podía terminar de elegir una opción acertada- ¡había encontrado a su hermano perdido!
Ahora que sabía la ubicación del portal a ese mundo hacia donde había resbalado cuando era pequeño podían ir entre todos a rescatarlo, podía juntar una gran tropa de ankilianos fervorosos por recuperar a uno de los suyos y así sería más fácil por si acaso los nativos del lugar opusieran resistencia a que se lo llevaran. ¡Sería muy emocionante cuando por fin se reencontraran!

17.2.14

Sangre maldita



Imagen: Blood bowl

En el año 1047 un demonio asolaba la región de Mandsae, aterrorizando a quienes lograban sobrevivir a sus feroces ataques. Hubo un hechicero que logró encarcelarlo. Un poderoso brebaje fue distribuido entre toda la población puesto que nadie sabía quién podría ser la próxima víctima. Todos los habitantes de la región bebieron el preparado sin preguntar cuáles eran sus ingredientes. Uno de los cuales era la misma sangre del hechicero, poderosa sangre santa. La pobre víctima fue recordada como un mártir entre los pobladores de Mandsae que desde ese día en adelante vivieron en paz.
Del demonio se encargó Serbenhi, el mencionado hechicero. Arrastró el cuerpo dormido de la bestia (no era posible matarlo, ningún ser vivo poseía el conocimiento para lograr dicha empresa) hasta el fondo de una laguna, donde tuvo la prudencia de enterrar la mitad de su cuerpo, enredándolo entre las raíces de un árbol, le costó mucho tiempo y esfuerzo, terminó agotado, pero sabía que era imperioso que nadie lograra moverlo de su lugar de descanso.
Luego se quedó tranquilo, ya que la única manera en que lograría despertar sería entrando en contacto con su poderosa sangre de hechicero entremezclada con ciertos hongos de su reserva secreta. Aún así, montó junto a la laguna un precario puesto de vigilancia para que el mínimo indicio que revelara actividad en las aguas fuese comunicado de inmediato a él y su familia.
Pasaron los años y no hubo novedad.
El puesto de vigilancia se fue ampliando con la llegada de la civilización a la pobre región de Mandsae (nombre que le habían designado sus antiguos habitantes). Siglos más tarde se había convertido en vivienda y ya nadie recordaba la designación original de la edificación, que se convirtió en un caserón pintoresco. Un puente de madera fue construido sobre la laguna. El paisaje no podía ser más lejano del que fuera allá por el principio de milenio.

Sucedió una noche entre 1960 y 1980, nadie parece querer recordarlo con precisión. Una fiesta tuvo lugar en la casona junto a la laguna. Una fiesta llena de jóvenes desenfrenados en que las sustancias ilegales circulaban sin límite alguno.
En plena madrugada, muy pocos de los concurrentes lograban mantenerse en pie. El dueño de la casa, un joven impetuoso sin temor a nada, se desafió a sí mismo a cruzar la laguna de lado a lado de un solo salto. De más estará decir que su mente obnubilada por los estupefacientes no tenía noción de la distancia. Habrá que aclarar el hecho de que se olvidó de la existencia del puente.
El joven tomó carrera y al llegar a la orilla pegó el salto más largo que le permitieron sus piernas. No fue suficiente, por supuesto. Su cara dio de lleno contra el puente, volándole un par de dientes, quebrándole el tabique, cortando su vuelo y precipitándolo inconsciente en las aguas frías y oscuras.
Bendita inconsciencia.
Nunca podría haber sospechado el hechicero Serbenhi, que poco más de novecientos años después de su gran hazaña poniendo a dormir al demonio, la gente utilizaría sus preciados hongos como alucinógeno. Menos aún que su único descendiente vivo se precipitaría estúpidamente de cara contra el puente, inundando las aguas de la laguna con su sangre contaminada de los mismos hongos que narcotizaran al voraz demonio.

En las oscuras aguas de la laguna, un par de ojos se abrieron, despidiendo una tenue luminiscencia rojiza que se intensificó al oler la sangre y el cuerpo inerte precipitándose hacia él. El primer bocado en casi un milenio.

9.1.13

Café

Imagen: Coffee

Fue una cosa espantosa lo que le pasó… todo por una taza de café, imagínese usted. Se ve que había dejado un poquito, un culito de café, como suele decirse. Lo dejó ahí vaya una a saber cuántos días sin lavar, al lado de la cama, ¡la cantidad de porquerías que se habrán mezclado ahí adentro, formando un caldo asqueroso…! Me dan escalofríos de sólo pensarlo. Parece que la cosa fue fermentando, creciendo, transformándose cada día en algo más… ¿cómo le explico? “completo”.
Hasta que esta mañana no va y sale, che… se desborda de la taza, se baja como si se tratara de un animalito. Claro que no tenía forma de nada, no se parecía a nada que una conozca como un animal o un bicho… era una masa viscosa de café y más cosas, como algo venido del espacio podría decirle, pero si no mira películas de terror usted no me va a entender… La cuestión es que sale, se arrastra como puede por la mesa de luz y se sube a la cama, ¡sí, la cama donde ella estaba durmiendo! Le trepa a la almohada, le pasa por encima del brazo, yo no sé cómo no se despertó con tremenda asquerosidad rozándole la piel, y se le acerca a la cara. ¡No se me agite, Doña Ernestina, que la historia ya termina! ¡No, cómo voy a inventar yo una cosa semejante! Cuestión que el café… si, no sé cómo más llamarlo, se le acerca a la cara, de golpe salta y se le empieza a meter por la boca y por la nariz. ¡Imagínese cómo estaba yo, mirando todo por la ventana! Ella empezó a sacudirse y manotear vaya a saber qué, porque ya casi no había nada para manotear….Abría mucho los ojos. Pataleó y dio manotazos hasta que se quedó quietita y no se movió  más. Claro, para mí que se murió asfixiada, ¿qué otra cosa se puede esperar?
Ahora, ¿vio, Doña Ernestina? Una siempre hincha con el tema de la limpieza, pero no es para embromar, mire las cosas que le pasan a la gente joven por ser sucia… Si nos escucharan un poco más. ¿La policía? No, todavía no vino, si no la llamé, la tenía que llamar a usted primero para contarle y descargar el terror que tengo adentro. Imagínese usted viendo semejante cosa por la ventana ¿qué haría? Llamarme a mí para contarme, claro que sí, para qué están las amigas si una no puede descargar lo que tiene adentro con ellas. Epa… parece que alguien me ganó de mano, porque ahora la cama está vacía. No, no se ve a nadie y en la vereda no hay patrullero ni ambulancia… qué raro. Capaz que llegó alguno de los noviecitos esos que tiene y la llevó en el auto al hospital… pero no creo… yo no escuché ningún motor, además que yo sepa ninguno de esos con los que sale tiene auto, no…
Espere que llaman a la puerta, debe ser que quieren escuchar algún testigo, sí,  para esas cosas yo estoy mandada a hacer. Si, si, apenas terminé de ver todo por la ventana, lo primero que hice fue bañarme y ponerme un vestido formal para la ocasión, después la llamé a usted, más vale. Bueno, son insistentes con la puerta, la dejo porque ni desayuné y estoy sintiendo un olor a café tan fuerte que parece una alucinación. ¡Ya va! ¡Ya va! No se altere, Doña Ernestina, que no le entiendo nada cuando habla así, ¡Ya vaaaa! ¿”Ella” quién? Ay, no la entiendo, después me llama y me cuenta, ¿no ve que no puedo con todo? Voy a cumplir con mi deber de ciudadana. Chau, Doña, que Dios la Bendiga.

16.8.12

Sueños submarinos




"En la vida sólo hay dos líquidos vitales: el agua y el dinero,
y uno tiene que aprender a saber usar ambos con cautela".
(Jacques-Yves Cousteau) 


-Callate que nos van a escuchar, boludo, pasame el gancho y quedate callado, ¿querés?
-¿Quién me va a escuchar si en esta casa no se mueve un solo bicho desde hace una semana? Te pasaron el dato tarde, si el viejo se sacó la quiniela se debe estar reventando la guita en putas por ahí...
-Tiene como ochenta años, ma qué putas, lo más probable es que le haya dado un ataque y lo encontremos frío acá adentro, con toda la platita amontonada para nosotros.
-Si, claro, capaz que la familia no le arrebató ni un peso, está toda planchadita, esperándonos. ¡Dejá de salpicarme las patas, querés!
-Los hijos hace años que no le dan pelota, la vieja se murió el año pasado, a mí los datos me los pasan bien. El viejo está medio chiflado igual, ¿no viste que tapió todas las ventanas? Esta compuerta de mierda me está jodiendo la vida, correte un cacho, dale, yo no te salpiqué un carajo, ¿de dónde sale toda esa agua?
-¡Uhhh! ¡Correte, che... qué mierblurgh....!
Lo que dejó sin habla al Moncho -además del torrente de agua que lo arrojó sobre sus espaldas- fue una figura que pasó flotando a su lado, un viejo envestido en un antiguo traje de buzo con una escafandra enorme en la que podía vislumbrarse un rostro arrugado y sonriente. Al Moncho le pareció el astronauta subacuático más bizarro y escalofriante del mundo... claro que su mundo no era muy amplio que digamos.
La suerte de Tato no fue muy distinta, la fuerza del agua lo metió de cabeza en una gran cucha de madera con el nombre COUSTEAU grabado en grandes letras de imprenta. Menos mal que el ocupante original ya no la utilizaba, sino Tato además del golpe en la cabeza se hubiese llevado de recuerdo los dientes del perrazo en alguna parte del cuerpo bastante incómoda, "Cousteau" nunca hizo mucho honor a su nombre, había sido mas bien un perro muy hijo de puta.
Ambos ladrones fueron hallados inconscientes por la policía y arrestados entre risas, era el comienzo de una reputación irremontable. Más allá de la anécdota que marcaría para siempre la vida de los maleantes alejándolos de las pertenencias ajenas por el resto de sus días, dentro de la vivienda no se halló nada de dinero. El viejo se lo había gastado todo en realizar el sueño de su remota juventud. Había hecho revestir todas las paredes de la casa con peceras desde el piso hasta el suelo y las había llenado con las especies de peces más exóticas y coloridas del mundo. Fuera de ellas, había llenado el resto del ambiente con agua hasta el techo, donde plantas submarinas de muchas formas y tamaños flotaban por todas partes, algunos peces más grandes y hasta un pulpo mediano nadaban sueltos en el agua que ahora se escapaba por la puerta. Los muebles de la casa habían sido sustituidos por restos de barcos hundidos, un timón y un ancla se enredaban en un rincón. El cofre de un tesoro pirata conformaba el centro de la escena, en uno de sus lados podía leerse en letras color verde la palabra Calypso y de su interior surgía una muñeca sirena hecha con tal perfección que nadie pudo quitarle los ojos de encima durante todo el operativo.
A medida que transcurrían las horas, los ojos de las personas trabajando en el lugar se iban humedeciendo más que sus pies. Don Lorenzo, el solitario dueño de casa, había convertido los últimos momentos de su anciana vida en una puesta en escena para el niño soñador, ávido de aventuras, que nunca había dejado de existir en su interior.

28.3.11

Mundos

Se suceden, se superponen. Uno tras otro, sobre otro, bajo dos, junto a ese. Mundos subjetivos en ronda. Se dejan atisbar. Carecen de rejas, de barreras, no tienen cerraduras, ni siquiera puertas. Mundos de palabras, sonidos, ideas. Me llaman, me invaden, me atropellan. Pueblan mi mente de imágenes sin sentido, de palabras descalzas y de frases en flor. Quisiera tomar un racimo de cada uno, ordenarlos por colores, mezclar las texturas y poder blandirlos contra el desasosiego que me provoca necesitar asirlos... pero no poder...

12.1.10

500 noches



Sus miradas se entrelazaron sin querer una noche de domingo como cualquier otra. Ese contacto mínimo bastó para desatar sensaciones adormecidas, casi olvidadas.
Al pasado inmediato se lo llevó la brisa. Todo fue un largo e intenso presente que los encontraba allí, de frente; sonriéndose ante la extraña pero inevitable certeza de que se deseaban mutuamente.
La invitación fue un intercambio de palabras muy breve. No era necesario dar explicaciones, era lo que más sobraba bajo la luna primaveral que engatusaba sus sentidos convirtiéndolos en cómplices silenciosos.
Encerrarse en una habitación no les brindó mayor intimidad de la que habían generado, fue pura formalidad. Les hubiese bastado el césped de un parque, pero mejor evitar los escándalos.
Hubo manos que desnudaron ansiosas y manos que acariciaron con paciencia. Manos entrelazadas que se convirtieron en pájaros.
Las ropas se desplomaron en el suelo sin oponer resistencia.
Una boca buscó a la otra boca, que también la buscaba. Los ojos devoraban todo a su paso, nunca se cansaban de mirar. Hubo momentos en que los ojos besaron bocas y luego viceversa.
Ombligo contra ombligo, ombligo contra espalda, espalda contra espalda. Besos, caricias, miradas. Gemidos, suspiros por docena. La luna en la ventana, otorgándoles la iluminación perfecta para la velada; acariciando la confusión de brazos, piernas y lenguas que conformaban.
Llegó el primer orgasmo de miradas entrelazadas, el primero de los miles que le precedieron, llenos de lágrimas y risas atragantadas. Orgasmos plateados, dorados, multicolores; todos anhelados, todos inesperados.
Dos cuerpos desnudos en la penumbra, amándose con toda la extensión de sus pieles. Amándose sin preguntas ni respuestas, de la manera que sólo dos cuerpos saben amarse. Pasiónplacerdeseo. Deseopasiónplacer. Oleadas continuas de puro disfrute sensorial.
El continuo vaivén se transformó pronto en un torbellino de sensaciones tan intensas que obligó a la luna a sonrojarse de imprevisto, cambiando la luz que iluminaba a la pareja, mezclándose con la que ellos mismos irradiaban.
Entonces una explosión cegadora aconteció. Allí, en ese momento y en esas circunstancias. Era lo único que cabía esperar.
Las manos-pájaro volaron hacia parajes lejanos, desconocidos.
Las ropas se arrastraron y desaparecieron bajo la cama.
Los ojos devoraron a sus pares. Y viceversa.
Ombligos, espaldas, bocas y lenguas rieron hasta llorar.
Cuando el silencio y la oscuridad volvieron a caer en su lugar, la luna observó extasiada la habitación vacía. Cantó durante quinientas noches una balada que inmortalizó a los amantes anónimos en su primer y última noche de pasión.

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Waaaah O.o jajaja. Escrito nuevo n_n para un concurso cuyo tema es: "La primera noche de sexo en una pareja" Seh, soy extremista ya se :P
Abrazos!

15.3.09

Soliloquio


"Ahí estás de nuevo, atisbándome desde las sombras como un animal hambriento.
A veces me pregunto si, de saber realmente el efecto que me provoca tu mirada, continuarías acechándome tan abiertamente como lo haces.
A esta altura supongo que te habrás dado cuenta de que no te temo en absoluto. Lo que me provocas es asco, odio, repugnancia... ¿es tu intención?
¿Qué ganas con perseguirme, instalarte en cada rincón oscuro como si fuera yo una especie de criminal que necesita vigilancia? ¿Acaso pretendes llevarme? Bien sabes que no puedes hacerlo. No hasta que se cumpla mi tiempo. ¡Deja ya entonces de atormentarme y regresa... adondequiera que pertenezcas!
Habrase visto, semejante insolencia... soy demasiado importante como para que distraigas mi mente de asuntos esenciales... si evitas que haga mi trabajo como debe ser... ¿quién arreglará el desastre que eso pueda provocar? ¿Acaso tú? No, no lo creo... No creo que te hagas cargo de nada, más que de molestarme con tu impasible expresión y ese silencio que ya comienza a pesarme.
Sé que no tienes exclusividad conmigo, que eres un temido fantasma para millones de almas, sé que has enloquecido hasta el límite a mis predecesores, algunos de los cuales se rindieron al terror, abandonando su labor antes de tiempo. No sabría decir cuándo es que te ocupas del resto ya que puedo verte con el rabillo del ojo a todas horas y puedo presentirte en medio del sueño las pocas veces que logro descansar.
Conmigo no vas a poder, ¿entiendes? Soy inmune a tu seca sonrisa, a tus manos que pretenden seducirme, a tu mirada que promete tormentos. Como si no fuese suficiente la sensación de desasosiego que me provoca llevar a cabo mi trabajo... como si no alcanzaran como castigo las miradas aterradas de aquellos a quienes me llevo conmigo... y al final... siempre me quedo sola.
¡Ah! ¡No sonrías, me estás haciendo flaquear, ese es tu propósito, maldita embustera! Sabes que puedo rodearme de gente, vivir en medio de ellos sin que sospechen quién soy en realidad. Puedo amarlos y hacerlos sufrir como si fuera un mero mortal... como si fuera parte de ellos.
Pero la realidad es que nunca lo seré... al final... siempre estaré sola. Ese es tu asqueroso as en la manga, la certeza de que no tengo escapatoria, que serás mi tortura, mi mayor sufrimiento, mi perdición...
La Muerte no puede librarse a sí misma de una vida de aislamiento... terminaré consumiéndome en mi propia desazón. Y ese será tu triunfo, tu sonrisa se ensanchará y veré tu horroroso rostro apergaminado aproximándose a besarme. Será tuyo el trofeo que con tanta anticipación codicias, tan sólo un trofeo más en tu colección, hasta que mi sucesor sea tu próxima meta.
Por tu caprichosa manera de ser, tu odiosa paciencia, tu sádico regocijo, tu desacertada selectividad, por tu deleznable cometido en este mundo, yo te maldigo desalmada Soledad, yo te maldigo..."

{Natalia A. Cáceres}

Este texto surgió de la consigna de un concurso literario en Prosaicos! cuyo tema es "La Muerte".

La imagen la encontré googleando, asi que no se de quien es.

19.12.08

Intro


La preocupación en los ojos de Ankshar no podía significar nada bueno. Tampoco el que caminara de un lado al otro tironeándose de la barba y murmurando maldiciones por lo bajo. Mucho menos los espesos nubarrones que comenzaban a entrelazarse sobre su cabeza.
-¡Maestro!- le gritó Snap para sacarlo de su ensimismamiento. Esas nubes no le gustaban ni un poco. Por supuesto que no lo escuchó. Su voz se perdía entre el retumbar de los truenos antes de alcanzar una altura siquiera respetable.
Comenzó a perseguirlo intentando no perderle el paso pero, como imaginarán, le fue imposible lograrlo. Se detuvo para recuperar el aliento mientras aquél continuaba con sus inmensas zancadas.
Tuvo una buena idea. No era algo que le sucediera a menudo, sobre todo en situaciones complejas, pero empezaba a comprender de a poco el carácter del viejo mago. Fue así que calculó el ritmo de los pasos. ¡Zum! para acá. ¡Zum! para allá. Uno, dos, tres, ¡ahora! Pegó el salto más alto que pudo, con los brazos extendidos sobre su cabeza y se aferró a una de las amplias mangas de la túnica como si su vida dependiera de ello.
Más tarde admitiría, humildemente, que fue justo a tiempo. Los relámpagos constantes iluminaban el cielo como una enardecida reunión de anguilas eléctricas. Claro que mientras colgaba allí no estaba tan seguro de obtener el resultado pretendido. Esto último era un detalle que no revelaría en el momento de contar la historia.
Ankshar se detuvo en seco. Levantó el brazo y observó al suspendido Snap con expresión confundida. Se había olvidado completamente de su presencia y no comprendía por qué se bamboleaba colgado de su túnica mirándolo con ojos de búho asustado.
El mago lanzó una carcajada que disipó todo vestigio de tormenta y restauró la caricia del sol, que Snap recibió aliviado. Depositó al duende sobre el pasto y se sentó a su lado sin dejar aún de reír.
-¡Ay, Snap, pequeñín!- exclamó acariciándose la barba- Te has convertido en poco menos que mi conciencia.
El duende sonrió con timidez, dejando a la vista dos grandes paletas que le conferían cierto aspecto conejil.
-¿Qué fue lo que le dijo el mensajero, Maestro? ¿Qué es lo que lo perturbó de tal manera?- preguntó en voz baja y mirando el cielo, temiendo un nuevo arrebato de rabia.
El viejo mago sacudió la cabeza con pesar, mas supo controlar sus invocaciones.
-Nada bueno...-murmuró- nada bueno, pequeño... Ellos han despertado.

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Es el comienzo de una historia que comienza a dibujarse en mi cabeza, de a poco.
Quiero terminar Sed antes de zambullirme en ella de lleno.
Vale opinar! ^^

19.8.08

Blanco y negro.


Imagen: Chess
"Canta, lastimada mía..."
Cervantes.


En medio de la escena pende una gigantesca jaula, mitad a oscuras, mitad iluminada por la luna llena. En su interior ella agoniza en silencio. Su rostro es una perpetua e insoportable incógnita. Sus larguísimos cabellos la envuelven en una especie de crisálida de la que no podrá renacer. La jaula se balancea como si un viento sobrenatural la meciera mecánicamente, amenazando con dejar al alcance de la luna el rostro de la cautiva. Pero no. Pero nunca.
Sin embargo ningún viento sopla. Y la jaula al mecerse no emite ningún sonido. El silencio reinante es sólo interrumpido por el golpe que provocan al moverse las piezas de ajedrez.
En el suelo lejano, sobre las baldosas blancas y negras, se libra la batalla que decidirá la suerte de la prisionera. Las piezas, movidas por invisibles manos, se encuentran próximas al desenlace. Mas la partida parece ser eterna. Nadie sabe precisar cuánto tiempo hace que ha comenzado. Ya nadie recuerda el por qué de la afrenta, ni qué circunstancias condenaron a la joven al confinamiento. Sin embargo el silencio obedece a una inmensa expectativa general que se ha instalado, apoderándose de la atmósfera.
Ella no observa ya la estrategia de la que depende su destino. Hace rato ha aceptado que morirá antes de conocer al vencedor. Hace rato que ha olvidado cuál era su bando. Tan sólo quisiera poder quebrar el silencio que amenaza con arrebatar la poca cordura que le queda. Abre la boca, un agujero más negro que la negrura que la rodea, y nada brota de sus labios resecos.
Jaque.
La reina deberá sacrificarse por su amado. Un blanco caballo se ha adelantado sigiloso, amenazando la integridad de la monarquía. No puede permitirlo. Es su deber de soberana. Se arroja trágicamente sobre el brioso corcel, exponiéndose a una muerte segura que llega pronta a manos de un sádico alfil. El cuerpo de la reina inerte desaparece del tablero.
Jaque.
La prisionera comienza a desesperar. Siente las garras de la locura apoderarse de su mente. Una sensación de ahogo trepa por su pecho obligándola a asir con fuerza los barrotes, la boca abierta en un rictus demente sin poder proferir sonido alguno. Los cabellos que la envuelven se convierten en redes, asfixiantes redes que limitan sus movimientos a arañazos inútiles en la oscuridad. Ni siquiera morir está en sus propias manos.
Un último y valiente peón avanza con la frente en alto hacia el ejército enemigo. Una gota de sudor resbala de su frente. Sabe que no hay esperanza posible. Sabe que morirá por prolongar un solo instante la vida de su rey. Pero ello significará haber cumplido.
Quebrando el silencio de repente, un sonido irreconocible surge de la oscuridad. La cautiva abre los ojos inmensos, dos agujeros más negros que la negrura que la envuelve, buscando el origen de tan prodigioso suceso. El balanceo de la jaula, cual tic-tac de un reloj, lo esconde y lo muestra alternadamente.
Es un pájaro, negro como la noche. Sus ojos blancos y ciegos semejan dos lunas que no iluminaron el camino que lo llevara hasta allí. Cayó en el hueco vacío, el silencio lo atrajo como una polilla a la luz. Llegó para quebrarlo en mil pedazos. De su pico brota la cristalina vibración de un violín.
Nada de esto interrumpe la guerra librada en el tablero blanquinegro. La batalla debe continuar. El peón firmemente plantado delante de su monarca, el impasible semblante de frente al oponente. La torre blanca avanza sin piedad.
Ella extiende sus manos entre los barrotes, ansiando asir el sonido que ahora la envuelve, la inunda. El canto del pájaro ha despertado su alma ennegrecida y no desea otra cosa que fundirse en él.
El peón cae ante el embate del enemigo que se planta victorioso ante el rey acorralado.
Jaque Mate.
La joven enjaulada abre la boca por última vez. Se obliga a responder, exprime los últimos vestigios de energía que le restan. Tritura sus entrañas, retuerce todo su cuerpo, se enreda en los larguísimos cabellos... y canta. De su ser escapa un finísimo hilo invisible, un sonido de cristal quebrado que representa su esencia marchita, su infinito dolor, sus ansias de volar. El hilo se mezcla con el vibrato del pájaro-violín y a medida que se entretejen, ella de deshilacha. Lenta y dulcemente, hasta desaparecer.
Allá abajo, el rey negro yace sobre las baldosas ante sus súbditos atónitos que lloran su derrota. Ante sus enemigos que saborean la victoria, inmóviles para siempre en su estrategia triunfal.
La jaula vacía se balancea en silencio mientras la sombra del pájaro ciego atraviesa el campo de batalla llevándose el olvidado trofeo de guerra.

15.6.08

Caritas sucias


La hermana mayor, ya sin panza, acuna en su regazo un rosado y tierno capullo.
Acurrucada sobre sí misma, pasa de brazo en brazo sin despertarse del todo. No logra comprender aún por qué el mundo es un lugar tan frío. No sabe el puesto que ocupa hoy en esta "empresa familiar", cuánto más afloja los bolsillos su sucia carita dormida, su nariz fría, sus puñitos aferrándose a la vida desconocida.
Mamá, sin abandonar aún la adolescencia, ha subido un escalón. Ser madre la pone en lugar de mando, le da permiso para sentarse a supervisar. Ya no comprende que los niños se cansan de tanto caminar. Ahora reta, pega, se burla y contabiliza.
Gabriel tiene cuatro años y unos pocos caprichos incomprendidos. Único varón entre, ahora, seis mujeres-niñas (porque las madres no han dejado de ser niñas). Continúa pateando cuanto se asemeje a una pelota. Mendiga, además de monedas, algún gesto cariñoso de quien no parece su madre.
Gracias a algún tipo de magia, que sólo puede gestarse en el mundo de la infancia, ha aprendido a sonreír. De contrabando, a escondidas, encontró la llave que logra iluminar su rostro y hace que el mundo se paralice un instante, sin aliento.
Ojalá el día de mañana le quede suficiente sensibilidad para enseñarle a este nuevo retoño dormilón a sonreír tibiamente y así salvarse, aunque sea por un ratito, de la creciente frialdad de este mundo.

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Por fin. La segunda parte de Pequeño mendigo, la historia del pequeño Gabriel. Sigue siendo una triste historia, que no creo que se pueda modificar. Y así debe haber tantas otras...
Si estuviera a mi alcance, lo adoptaría. Pero no puedo.
Quisiera sacarle una foto, para que comprendieran un poco por qué me conmueve tanto este niño en particular, pero no sé si será posible.
En fin, les dejo el texto a modo de triste ilustración.
La imagen es una foto llamada "Niña", del fotógrafo cubano Alberto Korda. Para más info: link

14.11.07

Trauma

"Bueno... a ver por dónde empiezo... no quiero explayarme demasiado, ni robarle tiempo de más. Sé que allá afuera hay gente esperando que también tiene derecho a no impacientarse.
Pero qué tanto... otras veces, mientras yo entro y salgo en cinco minutos, ellos tardan demasiado... siempre pienso demasiado en lo demás.
Ah, si, perdón, me fui de tema. Le decía... por dónde comenzar?
Empecemos por el principio, como se debe, no? Bueno, cuando yo nací, tenía los pies así.
No me mire con esa cara, no exagero, y seguro usted habrá visto casos peores... no?
Ah, no? Uh...
Pero en realidad no fue por mucho tiempo. Mis padres comenzaron a ponerme los zapatitos al revés para que se enderezaran, y con el paso del tiempo podríamos decir que se tornaron bastante normales.
Además tengo pie plano, así que de pequeña deambulé por cuanto pediatra se le ocurra, mostrando y plasmando mis plantas por doquier.
Usé muchas plantillas, zapatotes estrambóticos... pero en realidad nada cambió. Mis pies siguen tan planos como siempre.
Después, arribando a la adolescencia, como debían llevar a mi hermanito para que también usara los benditos zapatotes, como hacía mucho que no tenía una bendita visita a un traumatólogo, ahí fuí una vez más. Este me dijo que, debido a mi problema en los pies, tengo la cadera levemente torcida, debido a que una pierna es un poco mas corta que la otra. No se nota a simple vista, ve? pero el tipo me mostró, poniendo varias hojas debajo de un pie hasta que la cadera quedara normal.
Me aconsejó que tomara clases de natación. Pero Ud. sabe como son las adolescentes, verdad? Que los complejos, que la vagancia, que la timidez, y bueno, nunca fui buena para ningún tipo de gimnasia, asi que no fui. En casa teníamos una pileta, pero no es lo mismo.
Además me dió una serie de ejercicios raros para hacer, con un palo de escoba. Los hice hasta que me aburrí, y fue bastante pronto.
Después con los años empezaron a molestarme ciertas cosas. Por ejemplo, no puedo usar zapatos de taco alto, con lo endebles que son mis tobillos, más allá de que sería un espectáculo ridiculísimo, me da miedo que se me vaya a quebrar una pata...
Si si, Doctor, ya llego al meollo del asunto, pasa que lo quería poner en ambiente para que pueda comprender de dónde nace todo esto.
Y resulta que hace unos años comenzó a dolerme la cadera. No, no es solo en la parte baja de la espalda, es como... mas adentro, siento como si los huesos se chocaran, se friccionaran, que se yo... me pasa cuando camino demasiado rápido. A veces tengo miedo de que se trabe, y quedarme parada sin poder moverme, adolorida, sin poder avanzar... hasta me agarran pesadillas al respecto, Doctor.
Y tengo unos dolores de cabeza insoportables, que si no me equivoco salen de aca, ve? Es una vértebra esto? No, un poco mas abajo, ahi, si. Cuando me duele la cabeza, siento una molestia en esa zona.
Y otras veces, por ejemplo, si estoy demasiado tiempo acostada, me duele toda la espalda... Que cree que pueda ser, Doctor? Me tengo que sacar quinientas radiografias, no?
Ah, no? Ud tiene la solución? Mire que bueno!
Digame, que tengo que hacer? Porque a veces me pongo a pensar que si a esta edad tengo todas estas dolencias, cuando llegue a los 50, 60... que sera de mi esqueleto, por dios?
Estas pastillas me tomo, dice? Son analgésicos? No? Que hacen?
Que se me va a pasar todo dice? Pero son mágicas!
Y una cada cuánto, seis, ocho o doce horas? No... en serio? Pero no me harán mal si me las tomo todas juntas?
Mire que bueno, tantos medicos que vi en mi vida, y ud tenía la solución inmediata. Le agradezco infinitamente, lo vendré a visitar la semana entrante... que linda risa que tiene, Doctor, nunca se lo dijeron?
Hasta la próxima consulta, que Dios lo bendiga."

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Un monólogo que se me ocurrió hace un tiempo mientras pensaba en que al otro día debía ir al traumatólogo... y explicarle demasiadas cosas. El texto nació imaginándome qué le diría y después se fue por las ramas XD
Lo gracioso además fue que finalmente quise explicarle al médico toda la historia, empecé por "cuando yo nací tenía los pies así..." y el tipo me miró con cara de "nena, no tengo tiempo para que me cuentes tu vida, se me enfría el té y se me humedecen las galletitas Express, para que cuernos viniste?" A lo que respondí: "me duele acá"
En conclusión, me mandó a hacer unas radiografías que todavía no me hice...
Pero tanto lío sirvió de algo :P

27.11.06

Ninfa



Water_nymph
by kir-tat
http://kir-tat.deviantart.com

Y sus ojos de nácar se abrieron
tiñendo el mundo de sombras azules,
una gélida brisa sopló un instante
para dar paso a la más absoluta calma.
Entonces el silencio cubrió la Tierra
y con las manos extendidas
ella penetró en tu corazón.

O.o
Y bueno... eso trasmiten las imágenes ^_^

12.11.06

Pequeño mendigo

Hay un niño, con la cara pintada de mugre, que recorre las calles del Microcentro porteño pateando una botella de gaseosa.
No debe tener dos años aún y me asusta no verlo sonreir.
Camina de la mano de un hermano quizás postizo, y mira a la gente con unos inquisitivos ojazos que aflojan bolsillos. Y las monedas brotan.
Pero Gabriel no entiende lo que sucede en ese extraño intercambio.
Patea su pelota-botella entre los apresurados transeúntes que lo esquivan casi sin verlo.
Y cada tanto se les escapa sin querer, porque para él la calle es su casa y por qué no va a tener permiso para correr por donde quiera.
Si uno se puede despatarrar en el living de su casa, no?
Gabriel no ríe porque nunca aprendió a hacerlo...
Gabriel no ríe porque no tiene razones para ello...
Gabriel no ríe porque no reir es su trabajo.

9.10.06

Transoñamiento.

Se esfuman los contornos de la despreocupada turbulencia azulverdosa mientras cinco pares de dedos esquizofrénicos intentan articular palabra.
La música retumba sin coherencia entre el vaso de agua semilleno-semivacío y tu cara de "no quiero dormirme" reflejando la mía.
Mientras me pregunto sin saber por qué a dónde conducen todos los caminos (porque no es a Roma, eso es mentira) el flaco enloquece y por un momento una guitarra amenaza con explotar o estrellarse contra los parlantes.
Por suerte llegan los bizcochitos con mate y nos vamos con los ojos de huevofrito a enredarnos los dedos en aserrín.

15.9.06



Fénix carmesí =) Así se llama la imagen...
(Crimson_phoenix_by_angeliq www.deviantart.com)

Enciéndete de luz cegadora.
Incéndiate de rojo carmesí.
Consúmete en las llamas devoradoras.
Deshazte en millones de cenizas.
Y mañana, con la luz del alba
renace de los escombros
como si nada hubiera sucedido.

=) Faaa.

Besotes a todos.
Los quiero mucho!